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Microscópico, pero grande

Rafael A. Torres Robles

En cuatro artículos hemos recorrido la grandeza del la vida y el valor que se le da tanto en la liturgia como en la sagrada Biblia.

Pero si la vida en general tiene un valor extraordinario, no menos importante es el ser humano. Ahora bien, antes de recorrer en las Sagradas Escrituras el valor que tiene la persona humana permítanme sugerir unas reflexiones basadas en la ciencia experimental. Para ello propongo estudiar cuatro propiedades biológicas de la persona humana: la individualidad genética, la coordinación, la continuidad y la gradualidad. Hoy lo dedicaremos a la individualidad genética.

Nuestra herencia o patrimonio genético está depositado en los cromosomas y lo recibimos al 50% de papá y mamá en el momento de la fecundación. De igual manera lo trasmitimos a nuestros hijos y éstos a los suyos. Podemos decir, con toda propiedad, que los cromosomas son responsables del origen y de la continuidad de la vida.

Para ubicar el lugar en el que se encuentran estos cromosomas imaginémonos un huevo, que es muy parecido a una célula. La yema equivale al núcleo en la célula. Y es aquí, en el núcleo, donde se encuentran los 23 pares de cromosomas de las células humanas.

Debemos tomar en cuenta que cualquier célula de nuestro organismo siempre proviene de la partición de una célula en dos células hijas. Porque desde el momento en que se une el óvulo con el espermatozoide nace una nueva célula que se divide y da lugar a dos células. Éstas a su vez se van a dividir y cada una de ellas va a dar lugar a dos células más, es decir, ahora tenemos cuatro y así sucesivamente hasta que se forman cada uno de nuestros órganos, la sangre, los huesos, la saliva, el pelo, en fin, todo el individuo.

Este maravilloso proceso se inicia en la concepción y termina hasta que la persona muere. No interviene agente externo alguno. Con una precisión increíble la persona se va a ir conformando por sí misma sin que intervenga la mamá o el médico. Es un proceso totalmente autónomo que incluye la circulación sanguínea; el bebé tendrá su propia sangre y la mamá tendrá la suya, pero no se mezclan entre si. El quehacer de la mamá es cuidar, alimentar, cobijar a su bebé, pero no interviene en la conformación de su cuerpo.

Por otro lado, aunque los cromosomas del bebé provienen a partes iguales de los de sus padres, cromosómicamente esta nueva persona es distinta de su padre y de su madre. Es único e irrepetible. No ha habido ni habrá nadie igual a dicha persona en el mundo. Este nuevo individuo posee características genéticas únicas. Es un ser vivo, biológicamente humano, posee en principio la capacidad de dar origen a un recién nacido y es una persona humana en acto.

En resumen, podemos decir que la individualidad genética del nuevo bebé queda determinada desde el momento de la penetración del gameto masculino en el femenino y se manifiesta por estas cinco características:

1. El nuevo bebé tiene un código genético propio, producto de la fusión del óvulo y del espermatozoide.

2. Inicia la existencia de una nueva vida dotada de un código genético único e irrepetible.

3. Cuando el óvulo y el espermatozoide se unen dejan de ser lo que son por sí mismos y adquieren una nueva unidad.

4. Ambos se fusionan dando lugar a un elemento totalmente nuevo que por sí mismo tiene características únicas de individualidad.

5. Un nuevo genoma que de suyo posee potencialidades e información genética única lo cual especifica su dimensión «individual».