Pbro. José Juan Sánchez Jácome
 El tiempo de Pascua, como hemos venido diciendo, es un tiempo dedicado a contemplar y celebrar a Jesús vivo entre nosotros y también, a la vez, a aquel primer grupo de personas que se sintieron atraÃdas y tocadas por Jesús.
San Pablo nos plantea una recomendación que la Iglesia nos viene recordando con mucha frecuencia. Es necesario que sepamos dar razón de nuestra esperanza, que estemos dispuestos a explicar a los demás las razones por las que amamos a Jesús y creemos en Él y esperamos en su salvación.
Nuestra manera de vivir y nuestro testimonio deben inquietar a los demás y provocarles cuestionamientos. Esta recomendación paulina nos ofrece un criterio para valorar la vida de las primeras comunidades cristianas que hemos seguido de cerca, durante todo este tiempo de la Pascua, a través del libro de los Hechos de los apóstoles.
La gente veÃa que los discÃpulos de Jesús vivÃan en el mundo y se insertaban en su sociedad pero se comportaban de manera distinta; vivÃan los valores del Evangelio que habÃa predicado Cristo y eso comenzó a inquietar a los demás, de tal manera que muchos sintieron el llamado para vivir como esos discÃpulos de Jesús.
¿Cómo hacemos en estos tiempos, al inicio del tercer milenio, para que aquellos que no se sienten atraÃdos por Jesucristo puedan darse cuenta de que vale la pena seguirle? Del relato de los Hechos de los apóstoles, que escuchamos en este domingo, podemos deducir por lo menos tres criterios o lÃneas básicas para hacer que Jesús sea más conocido.
En primer lugar, creer con firmeza y vivir intensamente el Evangelio. Se nota inmediatamente que Felipe y todos aquellos primeros cristianos vivÃan de manera muy intensa su fe, que marcaba toda su vida. Sólo si Jesús es realmente el centro de nuestra vida, si nos esforzamos por vivir de verdad el Evangelio y si nuestra comunidad cristiana se ama, conseguiremos que los que no comparten nuestra fe se sientan atraÃdos por Él.
En segundo lugar, ser capaces de decir y compartir lo que creemos. No se trata de esconder nuestra fe, sino de compartir con los demás lo que a nosotros nos ilusiona y nos hace vivir. Sin ganas de imponer nada a nadie, ni de pasarnos la vida haciendo sermones, ciertamente. Si Jesucristo nos ilusiona, no nos lo guardemos para nosotros mismos.
En tercer lugar, actuar al servicio del que lo necesita. Felipe –como dice este relato- a la vez que hablaba de Jesús hacÃa presente su fuerza salvadora curando a los enfermos. Y eran las dos cosas juntas lo que atraÃa a la gente. Nosotros también debemos trabajar para hacer posible que todas las personas puedan vivir más dignamente, ver en qué cosas concretas podemos hacer presente la fuerza salvadora de Jesús.
Nuestra misión como cristianos es ser como Cristo, continuar su obra, hacer que Cristo siga predicando, sanando y consolando a los enfermos y afligidos. No basta con decir lo que dijo e hizo Jesús; hay que decir y hacer como Él, para que sea conocido en el mundo entero, para que todos crean que vive y está con nosotros. Sintámonos llamados a hacer que Jesucristo sea más conocido y más amado.
Escuchenos en vivo a través de Xalapa Inmaculada Radio.



