Rafael A. Torres Robles
Hace ocho dÃas vimos cómo el primer evento en el nacimiento de una nueva vida, que con mucha propiedad podemos llamar «individuo», es el momento maravilloso en que dos células muy especializadas, óvulo y espermatozoide, se encuentran. También vimos cómo en la nueva persona, que por el momento es una célula, el número de cromosomas será completado a 46; de los cuales 23 son heredados por el papá y 23, por la mamá.
Los conocimientos actuales de biologÃa molecular nos enseñan que esos 46 cromosomas que hay en cada célula constituyen el genoma propio del nuevo ser. Que son únicos e irrepetibles. Que están presentes en el momento mismo de la concepción. Que son los mismos que encontramos en cada una de las células del feto, del niño, del joven, del adulto y del anciano. Que puede haber, a lo largo de la vida, enfermedades o accidentes y que el genoma permanece igual. Que cada hijo de los mismos padres recibe los mismos 23 cromosomas de cada uno de ellos, pero en cada hermano se manifiesta de diferente manera tal que el genoma de cada hermano es distinto.
También hemos dicho que cada célula se divide en dos nuevas células con la misma información genética y que, a su vez, cada una se dividirá en dos y asà sucesivamente. Sin embargo, esto que aparentemente se ve muy sencillo es maravillosamente complejo.
Antes de hablar de este proceso, quiero hacer con usted una reflexión de lo que pasa en nosotros como adultos.
Actualmente la ciencia y nosotros con ella estamos convencidos de que si quiero mover un dedo, es el cerebro el que da la orden para que esto suceda; si quiero cerrar los ojos, igualmente el cerebro da la orden y asà sucesivamente. Pero veamos qué pasa con la división celular. Una célula se divide en dos y el cientÃfico ve esto con mucha naturalidad. Pero ¿quién da la orden para que se lleve a cabo la división?, ¿quién controla la división? Si hay algún evento externo que pudiera modificar el proceso ¿quién toma las decisiones adecuadas? No hay cerebro, no las toma la mamá, mucho menos el papá, ni el médico.
El proceso de formación del embrión es autónomo. TodavÃa más, las nuevas células que se van generando en cada división celular no están sujetas a la casualidad. Cada una de ellas va a formar algún órgano, por ejemplo, el corazón, un riñón, la sangre, el cabello, etcétera. Y ¿quién controla qué va a hacer cada célula? Nuevamente no hay cerebro, no es la mamá, ni el papá ni el médico.
En el periodo que precede a la implantación, cuando el nuevo bebé parece más precario, su autonomÃa es paradójicamente mayor. Para maravillarnos más. En el sexto o séptimo dÃa de vida, cuando el bebé mide aproximadamente 1.5 milÃmetros de largo, él y sólo él manda un mensaje quÃmico que estimula el funcionamiento del cuerpo lúteo del ovario y suspende el ciclo menstrual de la madre. Nuestro pequeño es tan aguzado que ya es capaz de «decidir» su destino, pues suspendiendo el ciclo garantiza su supervivencia.
En los primeros dÃas después de la fecundación, el bebé no sólo se desarrolla por sà mismo, sino que actúa activamente sobre el organismo materno, influye sobe la hipófisis materna y hay una comunicación constante tanto fÃsica como psicológica.
La placenta aÃsla dos organismos totalmente distintos y autónomos aunque comunicantes. Genéticamente se ve claro que la sangre del bebé es distinta de la de la madre, por lo tanto, no se mezclan. Si tomamos como muestra una célula de la placenta vemos que es un órgano del bebé y que es distinta a las células de la mamá.
En el momento en que el espermatozoide se hace uno con el óvulo se inicia una coordinada cadena de actividades que no se detendrán sino hasta la muerte.
