Jorge F. Córdoba
«El ladrón sólo viene a robar, matar y destruir, mientras que Yo he venido para que tengan vida y la tengan en plenitud». (Jn 10,10).
Una de las necesidades más grandes que tiene la Iglesia en este tiempo es la de pedir humildemente el don del discernimiento del EspÃritu, para contrarrestar los ataques y las artimañas del Diablo.
Satanás siempre está animado por un odio inimaginable contra Dios y los seres humanos. Sabe perfectamente que no puede hacer nada directamente contra el Creador, entonces descarga toda su furia haciendo la guerra sin tregua ni descanso contra los hombres.
Para conocer al Enemigo de nuestras almas, dice el cardenal Charles Journet: «Es necesario saber que Satanás y los demonios habitan en dos sedes, una es el infierno y la otra, los lugares celestes. La primera es la sede de su infortunio; y la segunda es la de sus amenazas» (Georges Huber, El Diablo hoy, Palabra, Madrid, pág. 32).
Santo Tomás de Aquino, en relación con esto, dice que: «Al Diablo se le llama ‘PrÃncipe de este mundo’ en razón no de una dominación natural legÃtima, sino a causa de la usurpación de poder, en el sentido de que los hombres carnales han despreciado a Dios para someterse al Diablo» (Comentario al Evangelio de San Juan, ad 12,31).
Cuando me encuentro con personas que me preguntan: «¿Qué debo hacer con todo lo que conservo de ocultismo?». Les respondo: «FÃjense que lo mismo le pregunté a un sacerdote, después de que tuve un encuentro vivo y personal con el Señor Jesucristo en el año 1977. Lo que él me dijo fue lo siguiente:
- Veamos que enseña la Biblia al respecto:
‘Muchos de los que habÃan creÃdo venÃan a confesar y revelar todo lo que habÃan hecho: Y no pocos de los que habÃan practicado magia, juntaron sus libros y los quemaron delante de todos. Calculando el precio de los libros se estimó en cincuenta mil monedas de plata. AsÃ, por el poder del Señor, su Palabra se extendÃa y se robustecÃa’ (Hch 19, 18-20).
Después de escuchar este texto, tomé en mis manos los discos que conservaba de rock pesado, junto con todos los objetos que guardaba de ocultismo, y que tanto daño me hicieron en mi juventud. Los llevé a un lugar solitario, en la periferia de la ciudad donde yo vivÃa, les rocié gasolina y los quemé en el nombre poderoso del Señor Jesucristo. En ese momento, renuncié a Satanás y a todas estas prácticas y, desde ese dÃa, el Hijo de Dios me liberó para siempre del ocultismo, y en su lugar me ha dado una vida nueva y vida en abundancia».
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