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Inicio Bioética Una muerte digna o una muerte dulce
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Una muerte digna o una muerte dulce

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

El 18 de enero de 1992, tras sufrir un accidente automovilístico, Eluana Englaro permaneció en estado vegetativo hasta el pasado lunes 9 de febrero, cuando finalmente murió.

 


Su caso fue llevado a la corte italiana en varios momentos hasta que su papá consiguió la autorización para interrumpir el suministro de alimentación e hidratación. Después de tres días sin alimentos e hidratación, se produjo el desenlace que ya se avizoraba, la muerte de Eluana, quien permaneció 17 años en estado vegetativo.

 

Casos como el de Eluana Englaro, Piergiorgio Welby (también italiano), Terry Schiavo (de Estados Unidos) y Ramón Sampedro (de España, cuya situación incluso fue llevada a la pantalla grande) han reabierto en distintos momentos el debate en torno a la eutanasia y la muerte digna.

La eutanasia es un ejemplo más de las tendencias de la nueva cultura que está emergiendo y en la que se comienza a perder la capacidad de contemplar el misterio de la vida en sus primerísimas fases y en su etapa terminal, sobre todo ante personas desahuciadas, o venidas a menos física y psicológicamente por la enfermedad.
De esta forma, la eutanasia se convierte en otro caso que refleja cómo se confrontan dos visiones de la vida: la ética de la calidad de vida contra la ética de la sacralidad de la vida.

A. La primera -que surge y se desarrolla desde el contexto de la cultura de la muerte- sostiene que el hombre tiene derecho de determinar el momento de su muerte por medio de la asistencia médica, cuando su desenlace final no sea plenamente humano y sus condiciones de vida sean insoportables. La calidad de vida se identifica con el confort o el bienestar material que se busca a toda costa y en el rechazo sistemático a todo lo que represente dolor y sufrimiento.

Desde esta perspectiva, se habla de la eutanasia como de una «muerte buena» o una «muerte feliz», en la medida en que acaece sin sufrimientos atroces; es lo que en términos coloquiales se llama muerte dulce o muerte tranquila. En la práctica biomédica se refiere, más bien, a la inducción de la muerte a determinados pacientes por diversas razones, especialmente para que dejen de sufrir o mueran sin dolores físicos o sufrimientos psíquicos.
B. En cambio, la ética de la sacralidad de la vida –que se proyecta a través de la visión cristiana- sostiene el carácter sagrado de la vida humana desde sus inicios hasta su final natural. Reconoce que la vida viene de Dios, quien ha creado al hombre a su imagen y semejanza (Gen 1, 26), convirtiéndose en una nueva creatura en Cristo Jesús.

Por lo tanto, la relación con este Dios trascendente que crea y recrea, es decir, que salva al género humano en Cristo, substrae al hombre de cualquier disposición arbitraria de parte del mismo hombre. La creación y la salvación ponen, pues, la base última del respeto incondicional a la vida humana.

En nuestro país, la reproducción de proyectos y esquemas de otros países se está convirtiendo en la pauta de la modernidad y del progreso. Además del discurso de la libertad, de la dignidad y de las mayorías, una de las principales razones que se presentan cuando se señalan estos casos hace referencia al hecho de que en otros países «civilizados» ya han dado pasos significativos al respecto y no es posible que nosotros sigamos estancados en moldes y estructuras tradicionales.

Sin embargo, no debe extrañarnos que, en las sociedades que han aceptado la eutanasia, las súplicas del moribundo para poner fin a su propia existencia se pueden interpretar como indicadores de desesperación, de abandono, como una tácita acusación dirigida al ambiente donde se constata la falta de comprensión, cariño, amor y solidaridad frente a su situación. Tal deseo puede ser causado por el clima de indiferencia que circunda al moribundo.
Hace falta un debate auténtico en torno a estos temas y un acercamiento interdisciplinar para que no se queden al margen aspectos fundamentales. Frente al caso de Eluana y de muchas otras personas, valdría la pena preguntarse si las consideraciones que se hacen en público acerca de la soportabilidad o insoportabilidad de la fase terminal no nazcan en realidad de una carencia de compasión. Quizá representa la intención de marginar al más débil para poder quitarse de encima la carga de un tratamiento integral.

 

 

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