Pbro. Jacinto Rojas Ramos
Jesucristo es el sumo y eterno sacerdote enviado por Dios Padre para redimir al género humano en virtud del pecado de nuestros primeros padres Adán y Eva (Rom 5,12). Él instaura el modelo de sacerdocio y nos participa del mismo en diversos grados al instituir el sacramento del bautismo y del orden sacerdotal.
Los atributos del sacerdocio de Jesucristo son: “sumo” y “eterno”, esto es, se trata de un sacerdocio intachable y divino, no obstante la naturaleza humana de la que quiso participar Nuestro Señor.
Pero antes de padecer y morir por nosotros nos participa de su sacerdocio. En primer lugar por el bautismo. De modo que toda persona bautizada es sacerdote, también profeta y rey. Por tal razón, cada bautizado tiene una misión que cumplir.
En segundo lugar lo participa a hombres, sacados de entre los hombres para el servicio de los mismos hombres (Hb 5,1-3). Los sacerdotes son el puente entre Dios y la comunidad de fieles que nos asisten especialmente en los momentos difíciles de la vida; por su condición humana, necesitan de nuestra oración constante. Esto lo dejó dicho san Rafael Guízar: “Señor danos sacerdotes santos según tu voluntad”. Los bienes espirituales hay que pedirlos: “pidan y se les dará…”. Los momentos de prueba por los que pasamos es cierto que exige más a nuestros sacerdotes pero también a los bautizados. Exhorto a los católicos a orar por nuestra Iglesia y por nuestros sacerdotes, porque un mundo sin la presencia de Jesucristo a través de los sacerdotes sería un mundo sin sacramentos.
Y, en tercer lugar, Jesús participa su sacerdocio en grado pleno a los Obispos de los cuales el primero del colegio episcopal es el santo Padre. Los Obispos son los pastores a quienes se les confía una Iglesia local o particular llamada diócesis y asistidos por el Espíritu Santo en comunión con el Romano Pontífice guían a la Iglesia en medio de persecuciones, adversidades y corrientes contrarias a la Iglesia que a lo largo de la historia nunca han faltado ni dejarán de existir porque aunque perseguida y con limitaciones estamos seguros que llegaremos al Reino de Dios.
Dentro de las obligaciones de los sacerdotes (diáconos, presbíteros y obispos) está la ley eclesiástica del celibato. Se trata de una ley surgida con el Concilio de Elvira (entre los años 295 y 302) y que la Iglesia ha conservado y seguirá manteniendo no obstante las sugerencias gratuitas de muchos al proponer que se elimine como solución a los problemas de incumplimiento de algunos ministros. A quienes opinan así, me permito decirles que después de estudios de naturaleza psicológica, antropológica, filosófica, estadística y teológica que ha hecho la Iglesia, los resultados sobre la ley del celibato son positivos.
La Iglesia de Jesucristo es Madre y Maestra. La asiste el Espíritu Santo y prueba de ello es el número de hombres y mujeres que forman el catálogo de los santos. Por cierto muchos de ellos han surgido después de perseguir a la Iglesia como es el caso de San Pablo a quien está dedicado este año.
Escuchenos en vivo a través de Xalapa Inmaculada Radio.



