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Biblia y poder

Pbro. José Manuel Suazo Reyes

El poder ha sido y será siempre una tentación permanente para cualquiera de los seres que habitamos este hermoso planeta. Existen muchas formas de alcanzar y buscar el poder.

Un poder bien administrado es fuente de muchas bondades; un poder que abusa genera no pocas dificultades. Entender el poder como servicio es una realidad que resulta difícil a cualquiera.

Ahora que empiezan las campañas políticas en las que se buscará el voto de los ciudadanos con el objeto final de conseguir un tipo de poder, es muy conveniente que echemos una mirada a lo que la Sagrada Escritura tiene que decir de estas realidades.

En la Sagrada Escritura encontramos el espíritu de lo que debe ser la autoridad y la administración del poder en el mundo de hoy. La autoridad tiene límites que no deben ser sobrepasados. Se requiere aptitudes y determinadas habilidades. No podemos pasarnos la vida quejándonos en privado de los errores y abusos de quienes ejercen la autoridad; ni se trata de ser politólogos de sobremesa, sino de ofrecer algunos principios de reflexión bíblica que nos permitan crecer en nuestra concientización política.

Algunos se indignan cuando desde el púlpito se toma una posición crítica ante la autoridad, y hasta les parece que cuando desde ahí se ilumina la realidad sociopolítica uno se está saliendo de sus responsabilidades «espirituales». No falta quien invoca textos bíblicos, como la famosísima frase «Dad al Cesar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» o aquella otra de que «Mi reino no es de este mundo», como si con esas sentencias Jesús hubiera declarado que los cristianos no tenemos nada que hacer ni qué decir ante las cuestiones relacionadas con la forma de elegir a los que nos gobiernan, ni algo qué hacer ante los múltiples problemas sociales. Quien así piensa, expresa una falsa idea de la comunidad cristiana, en tanto que considera que la Iglesia no tiene nada que hacer en este aspecto del acontecer del ser humano. La Iglesia está llamada a extender el reino de Cristo en el mundo; su quehacer tiene que ver con la iluminación evangélica de las realidades temporales. A la luz de la palabra de Dios estamos llamados a ser sal de la tierra y luz de las naciones.

La palabra de Dios no está desconectada de las preocupaciones políticas sino, al contrario, ofrece muchas ideas que pueden ayudarnos en la toma de decisiones políticas. La palabra de Dios nos ofrece alguno de los rasgos principales del gobernante ideal y nos informa acerca de cuales son las principales concepciones y derechos del cristiano ante sus gobernantes de modo que, ahora que vienen la elecciones, el cristiano no haga una decisión política meramente sentimental, ya que los líderes políticos saben manejar muy bien ese aspecto de la persona, tampoco una decisión interesada, es decir, tomando la determinación de votar por tal o cual persona, con base en la opción que le permitirá tener mayores beneficios, como pudieran ser permisos burocráticos, concesiones de obras públicas o hasta una mejor tajada a la hora del reparto del pastel. Se trata de pensar en el bien común.

A través de las páginas de la Biblia podemos conocer algunas líneas orientadoras acerca de la relación de los cristianos con el poder, de modo que las razones de nuestra fe nos impulsen a asumir más generosamente nuestros compromisos sociopolíticos. Sea este el principio de una serie de reflexiones que nos orienten en este tiempo electoral.