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Yo volvería a ser sacerdote

Asegura el padre Manuel Jiménez, fundador del Seminario de Papantla
Juan Bosco Arellano / I de II partes

El presbítero Manuel Jiménez, rector del Espíritu Santo en Coatepec, no tiene empacho en decir que si volviera a nacer y Dios lo llamara nuevamente al sacerdocio, estaría en la mejor disposición de darle un sí contundente.

«Claro que volvería a ser sacerdote, señala con voz fuerte, recia, enfática. Dios ha hecho maravillas en mi vida, en mi formación, en mis debilidades. Siempre he sentido la fuerza del Señor. Dios no me ha defraudado ni en las peores circunstancias. Mi trabajo no ha sido mucho pero aquí estoy, a pesar de todo», señala el hombre nacido en Orizaba, confirmado por monseñor Rafael Guízar y Valencia, huérfano a los 15 años y que a los 17 se ordenó sacerdote, ministerio que el próximo 2 de febrero de 2009 llegará a los 50 años.

Entrevistado antes de iniciar la eucaristía en un templo en el que trabaja por concluir en la Casa de Retiros en esta ciudad cercana a Xalapa, el padre Manuel comenta que, desde que era niño, el Señor lo marcó.

«El Señor me marcó muy fuerte desde niño, por el contacto con los padres jesuitas en mi pueblo natal. Vi ejemplos de verdadera santidad, fidelidad, sabiduría y entrega en padres jesuitas de mucha edad. Y luego mi formación en Puebla con los padres jesuitas también. El Señor llegó con su llamado, con un llamado que no sabe uno de dónde viene pero ahí está» señala.

Dice que recuerda con mucha claridad el día que lo confirmó monseñor Rafael Guízar Valencia. «Recuerdo sus ojos, la profundidad de su mirada, su modo de ser y la palmada de la Confirmación».

Fundador del Seminario de Papantla

En la larga conversación, el padre Jiménez nos habla de su trabajo sacerdotal, de los años en que ejerció el magisterio y de la encomienda que recibió del entonces obispo de Papantla, don Sergio Obeso Rivera, para fundar el Seminario.

«Llegué de México a Papantla y mi deseo era ir a misiones, con los totonacos. En las primeras semanas acompañé a monseñor Obeso a la sierra: Coxquihui, Coyutla, Chumatlán y más arriba a donde sólo se llegaba en avioneta.

«Junto con otros padres entrábamos a las confirmaciones acompañando al señor Obeso. Cruzábamos el Río de Las Margaritas. Así anduve un año. Le insistía al señor Obeso que me dejara en la sierra dando misiones. Mi deseo era aprender totonaco para poder atender a los feligreses en su propia lengua. Después de meditarlo y de consultarlo con sus asesores, el Obispo me dijo que lo que hacía verdaderamente falta era abrir el Seminario, que se cerró en tiempos monseñor Nicolás Corona y Corona durante la persecución.

«No pensé que pudiera hacerlo, pero Dios fue presentando las circunstancias de un modo verdaderamente maravilloso.

«Lo que más admiro de esos años es cómo el Señor se abrió a mi paso y me dio fortaleza para abrir un seminario donde no había terreno, ni recursos, ni condiciones y no todo el clero estaba de acuerdo.

«De hecho, estuve varios meses buscando una casa apropiada para rentar y ya iba yo rumbo a Teziutlán a decirle al señor Obeso que no había posibilidades cuando me alcanzó una señora de la Acción Católica y me dijo que tenía un terreno.

«Lo fuimos a ver y el terreno era una ‘piquera’, como dicen allá, un bar de mala muerte. Acababa de haber un asesinato y la zona estaba sellada por la policía. El lugar, irónicamente, se llama ‘El retiro’. El dueño, por defender a su hija que era mesera y que estaba siendo acosada por un ganadero, lo mató ahí de un tiro.

«Fui a ver a monseñor Obeso y le expliqué todo esto. Le comenté también que estaba cerca del rastro y de un arroyo de aguas negras. Me dijo: ‘Mire padre, no hay más cera que la que arde. Lave la sangre, bendiga el lugar y empiece’. Ahí me llegaría después una carta con ni nombramiento de director del Seminario Menor de Nuestra Señora de El Carmen, prefecto, maestro, tesorero y secretario.

«Así empezamos. Conseguí camas y los domingos salía a recorrer desde Poza Rica, Gutiérrez Zamora, bajaba por lo que era Costa Esmeralda hasta Plan de las Hayas y me metía hasta Misantla, Plan de Las Hayas, Juchique de Ferrer, a entrevistar a posibles muchachos con vocación.

«Después de muchos trabajos, mucho viajar y recorrer todo ese vasto territorio conseguí los primeros cinco seminaristas. Yo les daba las clases y por la mañana estudiaban la preparatoria porque no tenían estudios, ni posibilidades económicas. Pero el Señor fue dando, colectábamos los sábados y domingos en dos parroquias y así se sostenía la comida y los estudios de esos muchachos. De esos cinco jóvenes, sólo tres llegaron al sacerdocio». (Continuará)

 

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