Hace unas tres horas me comunicaron del fallecimiento de don Guillermo. SabÃa yo que estaba enfermo, pero no como para esto.
Yo lo tomo como tratando de ser un cristiano, no como un desastre o un acabose, sino como quien se va a la casa del Padre.
Sà es cierto que era Ãntimo amigo mÃo, desde aquà en Xalapa; después en Roma, luego de regreso ya ordenados sacerdotes y como maestros en el seminario.
Siendo él rector fue nombrado obispo de San Andrés Tuxtla y entré yo de rector. Años más tarde yo también me fui de obispo. Él me llevaba unos tres o cuatro años de edad. Yo le iba siguiendo los pasos. No me da miedo decirlo: ojalá le siga también los pasos en esto.
Pierdo a un amigo realmente. Pierdo también a un maestro. Desde el punto de vista intelectual no lo consideraba yo una persona brillante, pero era una persona sólida como una roca, sumamente inteligente, perspicaz, agudo. Fue un sacerdote ejemplar. Siempre para mà fue un hermano mayor.
Asà que continuamos siendo Ãntimos amigos, a pesar de estar él en San Andrés y yo aquÃ. Esta situación no daba oportunidad para satisfacer las exigencias de la amistad. Aquà no resulta cierto eso de que «la distancia lleva al olvido». Aunque fÃsicamente estábamos distanciados, seguimos siendo grandes amigos. Yo lo consultaba a veces y me daba su punto de vista.
Dejó una huella imborrable en San Andrés Tuxtla, no sólo por lo prolongado del perÃodo en que fue obispo sino también por la calidad de su trabajo.
Asà que yo me encomiendo a él y lo encomiendo al Señor para que le oiga lo que todos esperamos poder oÃr algún dÃa: «Siervo bueno y fiel, entra al gozo de tu Señor».
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