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Homilía sobre el Buen Pastor

CON OCASIÓN DE LA TOMA DE POSESION DE MONS. VICTOR SANCHEZ ESPINOZA, COMO ARZOBISPO DE PUEBLA.
2 DE ABRIL DE 2009.

 Señores Cardenales, Señor Nuncio Apostólico, Muy querido hermano en el Episcopado, Rosendo, Sres. Arzobispos y Obispos, hermanos en el sacerdocio ministerial y hermanas y hermanos en el sacerdocio bautismal:

Hace unos días Monseñor Víctor tuvo la amabilidad de invitarme para participar con la homilía en este acto tan trascendental en su ministerio episcopal.

 Él me señaló los textos que acabamos de escuchar y que revelan sus sentimientos más profundos en este inicio de su pastoreo en la ilustre Iglesia de Puebla de los Ángeles.

 Podemos suponer,  por lo tanto, que todo el contenido de la rica parábola del Buen Pastor lo toma nuestro hermano Víctor como el ideal que él perseguirá durante los años, que pedimos que sean muchos, en que ejercerá el ministerio episcopal en esta Iglesia hermana.

 El conocido himno cristológico de San Pablo a la Iglesia de Filipos nos habla de la humillación, de la kénosis del Hijo de Dios quien siendo de condición divina, no se aferró celoso a su igualdad con Dios, sino que se rebajó a sí mismo tomando la condición de esclavo. Otro tanto sucede cuando el Señor quiere comunicarse con su pueblo santo: forzosamente tiene que recurrir a la humillación de la palabra humana echando mano de imágenes, aproximaciones y analogías, que así sea en forma imprecisa nos revelan la intimidad de Dios a quien “nadie ha visto jamás, pero el Unigénito que está en el seno del Padre nos ha venido a narrar todo”.

 Así, la Biblia está saturada de imágenes entresacadas del contexto cultural y geográfico del pueblo elegido, como son el desierto, la viña, el camino, la luz y el agua que salta hasta la vida eterna… pero tratándose de la vida pastoril, más particularmente del Buen Pastor, estamos ante la imagen preferida por la Sagrada Escritura. Podemos pensar que desde temprana edad, los niños de Israel veían entrar y salir a los pastores, perderse durante semanas con su rebaño, regresar contando las inclemencias del tiempo y el frío de la noche y hasta el enfrentamiento con los lobos que no raramente merodeaban en torno al rebaño. Todos sabían que había buenos pastores que cuidaban con amor a sus ovejas, y malos pastores que solamente lo hacían por la paga: ante el peligro daban la espalda a las ovejas dejándolas a merced del lobo.

 El pueblo de Israel era un pueblo pobre, campesino, pero por otra parte limitando con grandes culturas como Asiria y Babilonia al norte y Egipto al sur, que siempre representaron una tentación para abandonar el férreo monoteísmo de Israel. Si estas culturas tan pujantes admirables y poderosas lo eran así, se debía a que invocaban a muchos dioses, algunos de ellos personificación de lo terrible y de los bajos instintos humanos. Ante esto ¿porqué no invocarlos para poder también ser como Egipto y Babilonia? ¿porqué Israel, el pueblo elegido es un pueblo pobre, en una palabra, un pueblo de pastores? Fue esta una contínua tentación en la vida de Israel que frecuentemente  los llevó a la infidelidad, al adulterio: “se olvidaron de todas sus hazañas, de los prodigios que hizo ante sus ojos”.

 Quiero decir que la figura del pastor que campea también en la Palabra de Dios proclamada hoy, es la que mejor expresa la relación amorosa entre Yahveh y su pueblo, entre el Buen Pastor y el nuevo Israel, entre el Obispo y su Iglesia amada.

 Escuchamos en la primera Lectura la homilía que Jesucristo el Señor pronunció en la Sinagoga de Nazareth a partir del célebre pasaje del Libro de Isaías, fue breve pero provocó tumultos: en él, en efecto, se realizaba lo que Isaías dijo de su propio profetismo, pero, sobre todo, del que habría de venir: ungido y enviado. Ungido por el Espíritu del Señor para autenticar su misión y enviado para todos pero en especial para “anunciar la Buena Nueva a los pobres, a los de corazón quebrantado, a los cautivos, a los prisioneros, para decirles que llegaba la hora de cambiar su ceniza en diadema, sus lágrimas en aceite perfumado de alegría, y su abatimiento en cánticos. Se cae en la tentación de leer en este texto lejano lo que después Puebla concretizaría como “el amor preferente por los pobres”.

 Es esto precisamente lo que Yahveh y el Señor Jesús en la nueva alianza expresaron con la figura del pastor que no es rey, sacerdote ni profeta, sino quien se gana la vida duramente apacentando sus ovejas.


 Es experiencia común entre los que fuimos llamados al pastoreo episcopal, verlo como una tarea ingente que supera nuestras capacidades, pero por esto el Salmo 22 que nos sirvió de meditación, nos presenta al Pastor de Israel diciéndonos que aunque caminemos por cañadas oscuras nada debemos temer porque Él está con nosotros; es más, Él nos prepara la mesa, nos unge con perfume y llena nuestra copa hasta los bordes: Él es nuestra seguridad, es nuestra defensa, es el que colma la distancia que media entre la grandeza de la misión y las humildes posibilidades del enviado:  resuena también en este caso la expresión bíblica “Yo estaré contigo”.

 Pero es el Evangelio de San Juan el que desarrolla en toda su riqueza y belleza la famosa imagen del pastor. El mismo Jesús hace un retrato hablado de la misión que el Padre le encomendó:
 Es el “Buen Pastor” que profetizó Ezequiel para contrarrestar la actividad de los malos pastores de Israel: reyes, sacerdotes y profetas que no supieron estar a la altura de la grandeza de su misión. No se trata ahora de un pastor más, sino del “Buen Pastor”. Jesús nos dice que Él es y nos explica porqué: el buen pastor da la vida por sus ovejas. La imagen del Buen Pastor del texto de San Juan no es una imagen bucólica, como los pastores de la literatura clásica; se nos presenta en lucha encarnizada contra quienes atentan diezmar el rebaño. Si Él dijo que la máxima prueba de amor es dar la vida por el amigo, está diciéndonos cuánto nos ama a quienes somos sus ovejas, desde el momento en que da la prueba suprema de amistad y de cariño: entregar la vida, derramar la sangre en favor de quien se ama.

 Pero el buen pastor también se distingue porque conoce a las ovejas, y está tan cercano a ellas que, a su vez, las ovejas lo reconocen a él. Se trata de una relación cercana, solícita y hasta puede decirse, llena de ternura. Nada hay, en efecto, que nos agrade tanto a los humanos como escuchar que se nos habla por nuestro propio nombre; en esta forma se nos individualiza, se nos particulariza sobre la muchedumbre, se nos trata en forma personal…

 El otro rasgo que el texto de San Juan proclamado nos entrega en relación al pastor, habla de lo que hoy diríamos ser un rasgo esencial con que Cristo quiso dibujar Su Iglesia: existe para los otros, es esencialmente misionera: “tengo además otras ovejas que no son de este redil, es necesario que las traiga también a ellas, escuchen mi voz y haya un solo rebaño y un solo pastor…”


 
La segunda Lectura, el célebre capítulo V de la primera carta del Apóstol Pedro, particulariza el gran mensaje contenido en la imagen del pastor: hablando de pastor a pastores, el Apóstol Pedro nos recuerda a los Obispos que hay que cuidar del rebaño no como obligados por la fuerza, sino de buena gana; no por ambición de dinero, sino con entrega generosa; no como dueños de las comunidades sino dando buen ejemplo…

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Hermano Víctor, vuelvo a repetirlo, al presentar estos textos como liturgia de la Palabra en este tu gran día en que comenzarás a apacentar la Iglesia de Puebla, nos has expresado cuáles son tus ideales, por otra parte bellamente sintetizados en tu lema episcopal: “Pasce oves meas”.

Todos los que estamos aquí acompañándote con cariño porque eres padre y hermano de esta Iglesia, lo hacemos en comunión perfecta por el Espíritu Santo que nos une, ofreciendo así a Cristo el Señor como víctima agradable al Padre.

Pedimos que apacientes a todos pero preferentemente a los pobres.
Pedimos que seas un pastor bueno.
Oramos porque conozcas personalmente a tus ovejas.
Elevamos nuestra plegaria para que sepas defender al rebaño de las acechanzas de los lobos.
Rogamos porque apacientes el rebaño que se te ha confiado no como obligado por la fuerza sino de buena gana.
Te recordamos que aunque pases por cañadas oscuras nada debes temer porque el Señor está contigo y Su vara y Su cayado te dan seguridad. Así cuando aparezca el Pastor Supremo recibirás el premio inmortal de la gloria. Mientras tanto, hermano Víctor, escucharás que repetidas veces te preguntará el Señor ¿me amas? Y siempre le responderás: “sí Señor, tú sabes que te amo”. Y volverás a escucar las palabras que has escogido como lema de tu ministerio episcopal: “Apacienta mis ovejas - pashe oves meas”.

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Termino muy familiarmente, hermano Víctor, con palabras que son del Verbo pero son apenas semilla:
“amo el canto del zenzontle, pájaro de 400 voces,
Amo el color del jade
Y el enervante perfume de las flores; pero más amo a mi hermano el hombre”.

Por todo esto, oramos por ti, hermano Víctor, quienes aquí estamos porque te queremos. Que así sea.


+Sergio Obeso,
Arzobispo Emérito de Xalapa


 

 

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