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Mensaje de Pascua de los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Xalapa

Como es tradición, los obispos de la provincia eclesiástica de Xalapa nos dirigimos a ustedes año con año en torno a la cuaresma o a la Pascua. En esta ocasión, con espíritu fraterno y solidario, queremos dirigirles un mensaje de Pascua.

 

En este año en el que atravesamos por una severa crisis económica mundial, y que los problemas se han incrementado, los invitamos a confiar en las promesas del Señor. Por eso las palabras del evangelio de San Lucas, en el relato de los discípulos de Emaús, son muy iluminadoras porque nos hablan, por un lado, del desánimo en que quedaron los discípulos, después de la muerte de Cristo y, por otro, de cómo Cristo resucitado no los abandona, sino que camina con ellos y los orienta con su palabra para darle sentido a la situación en la que se encuentran.

La pregunta de Cristo a los discípulos revela los sentimientos que los embargaban: “¿De qué cosas vienen hablando tan llenos de tristeza?”. La respuesta de los discípulos, refiriéndose a la muerte de Cristo, no se hizo esperar: “Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel”. Este es el motivo de su tristeza, la muerte y el aparente fracaso de su maestro.

Nosotros podríamos decir hoy: confiábamos que liberando a la sexualidad de toda referencia ética y religiosa nos daría la felicidad y ha traído muchos males; confiábamos en el sueño americano y, según se va analizando, de allá nos viene esta crisis económica; confiábamos en la acumulación de bienes materiales como camino seguro para lograr el progreso de nuestros pueblos y hoy sigue creciendo el número de los que carecen de lo necesario para una vida digna.

Muchos, hoy día, se identifican sin duda con el desaliento de los discípulos de Emaús, sobre todo aquellos que tienen un horizonte de esperanza reducido a este mundo material. Pero, no olvidemos que la apariencia de este mundo pasa (cf. 1 Co 7 31). En este sentido San Pablo decía: “Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres!” (1 Co 15, 19).

La excesiva confianza en las cosas de este mundo indica falta de sentido y trascendencia y puede llevar a caer en lo absurdo. En el mundo moderno científico-técnico, en el que nos encontramos, basta apretar un botón para que aparezca lo que queremos. Sin embargo, en nuestras relaciones con Dios, esta mentalidad se desilusiona porque muchas veces invocamos a Dios y parece que él no se entera. Sin embargo, el silencio de Dios trata de purificarnos, provoca que pensemos en él, que nos confiemos a él, que abramos nuestro horizonte de esperanza a lo trascendente, a lo espiritual, a los bienes del cielo.

A los discípulos de Emaús, “Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos”. El evangelio subraya que “Los ojos de ellos estaban velados y no lo reconocieron”. En la situación que nos encontramos hoy, nos hace falta descubrir la presencia de Dios y el sentido de todo esto que está sucediendo. Cuando Cristo, aparentemente desaparece de nuestra vida, caemos en el desaliento; en cambio cuando lo sentimos presente, aún el dolor y la muerte tienen sentido.

Los discípulos desanimados nos representan a todos cuando reducimos nuestro horizonte de comprensión sólo a las cosas de este mundo. Si no hay fe, no hay visión profunda de las cosas. Probablemente los discípulos de Emaús tenían intereses muy materiales, esperaban un reinado temporal de su maestro al que seguían; sin embargo lo vieron morir, piensan que ha fracasado. Este es el motivo de su tristeza, pero Jesús, recurriendo a las Escrituras, los saca de su tristeza explicándoles el significado de lo sucedido: “Era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria”.

También hoy, la palabra de Dios le da sentido a nuestra vida. Ya en el Antiguo Testamento Dios educó a su pueblo haciéndole pasar por el desierto para enseñarle que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (cf. Dt 8, 3). Palabras estas con las que Jesús alejó la tentación de Satanás de convertir las piedras en pan para saciar su hambre (cf. Mt 4, 4), lo cual significaba poner lo material por encima de lo espiritual.

Así pues, no nos dejemos llevar de vaticinios pesimistas que no le ven salida a los problemas que nos aquejan, ni caigamos en consideraciones en las que Dios deja de ser el protagonista de la historia. Dios no nos abandona, permite males para sacar bienes mayores. Permitió la crucifixión de su Hijo para que resucitado sea causa de nuestra justificación (Rm 4, 25). Tenemos que leer la pasión de Cristo a la luz de la resurrección. Tenemos que leer la crisis en la que nos encontramos en clave de esperanza a la luz de la victoria de Dios: “Les he dicho estas cosas para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

El clima de violencia, muerte e inseguridad, así como la crisis económica, fragmenta nuestra sociedad. Ante el aparente fracaso de su maestro los discípulos se echaron para atrás. Ciertamente Jesús les dijo que resucitaría, pero “ya van tres días de que esto pasó” y han decidido desandar el camino y es ahí precisamente donde Jesús sale a su encuentro y les hace volver a la comunidad. Cristo resucitado nos devuelve la confianza y nos reintegra a la Iglesia y a la Sociedad.

Llegados a la aldea, Jesús hizo como que iba más lejos y los discípulos le dijeron: “Quédate con nosotros porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Como respuesta, Jesús se quedó y: “Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”. Este gesto hizo que recordaran lo que Jesús había hecho en la Última Cena: “Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció Y ellos se decían el uno al otro: con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras”.

Una vez que los discípulos se dieron cuenta que Cristo había resucitado, regresaron a Jerusalén y se unen a los Once Apóstoles y “les contaron lo que les había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan”. Esto nos indica que Cristo resucitado se hace presente, entre nosotros, cada vez que celebramos la Misa, pues en ella hacemos la fracción del pan.

Hermanos, si se han desanimado por la situación en la que nos encontramos, si han dado pasos hacia atrás en el seguimiento de Cristo, deben saber que él les busca y camina con ustedes, ábranle su corazón y díganle: “Quédate con nosotros porque se hace noche”. Si hacen esto lo van a descubrir presente en su vida, pero sobre todo no olviden que se queda en la fracción del pan, es decir en la celebración de la Eucaristía en la que tenemos la Palabra y el Pan que da vida, vida que se vive y se recibe en la Eucaristía y se proyecta en la vida de cada día.

La presencia de Jesús en el camino a Emaús iluminó los ojos de los discípulos e hizo palpitar su corazón, es decir les dio nueva vida. Cristo ha resucitado y ha vencido el pecado y la muerte. Con su resurrección nos da la gracia para superar nuestros miedos, temores, desesperanzas y pesimismos. Esta es la Buena Nueva que recibimos y anunciamos, la que ha iluminado y cambiado la historia, la que los obispos deseamos que siga transformando la vida de todos ustedes. ¡Felices Pascuas de Resurrección!


+ José Guadalupe Padilla Lozano, Obispo Emérito de Veracruz.

+ Lorenzo Cárdenas Aregullín, Obispo de Papantla.

+ Marcelino Hernández Rodríguez, Obispo de Orizaba.

+ Eduardo Porfirio Patiño Leal, Obispo de Córdoba.

+ Luis Felipe Gallardo Martín del Campo, Obispo de Veracruz.

+ Rutilo Muñoz Zamora, Obispo de Coatzacoalcos.

+ José Trinidad Zapata, Obispo de San Andrés Tuxtla.

+ Juan Navarro Castellanos, Obispo electo de Tuxpan.

+ Sergio Obeso Rivera, Arzobispo Emérito de Xalapa.

+ Hipólito Reyes Larios, Arzobispo de Xalapa.

 


 

 

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