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Yo, Rafael Guízar, les pido…

Las palabras más actuales del santo obispo
Pbro. José Luis Alvarado Jácome

¿Se acuerdan de que antes de mi tránsito a la vida eterna les di mi palabra de que desde el Cielo seguiría dando misiones para que ustedes, mis hijos, alcanzaran las promesas de Cristo? Pues bien, lo he cumplido y lo seguiré haciendo, y no por mí, sino por el gran amor que nos demuestra nuestro Padre. En esta ocasión, estoy con ustedes para recordarles nuevamente a aquel que dio luz y sentido a mi vida: nuestro Señor Jesucristo, que lo encontramos en la sagrada Eucaristía. No me cansaré de contarles los grandes momentos que pasaba en oración frente a Aquel que me recibió en el cielo. No se compara el tenerlo frente a frente, aunque ya las horas santas son una mínima probadita de lo que es el Paraíso.

Les doy mis consejos de padre y pastor: al iniciar el día, háganlo con su oración, busquen a Jesucristo en los sagrarios, no lo dejen solo. Acuérdense del canto del catecismo que les enseñé: «Vamos, niños, al sagrario, que Jesús llorando está y al ver a tantos niños, muy contento se pondrá». Tóquenle a la puerta cuando sientan sus fuerzas desfallecer. No olviden que nosotros no lo podemos todo. Recuerdo que en una ocasión los niños se confesarían para recibir a Jesús sacramentado por primera vez. Todavía siento las grandes gotas de lluvia caer torrencialmente y el ruido infernal de la tempestad que les impedía llegar a la capilla para confesarse. Pero mi Jesús nunca falla y respondió nuestra súplicas cuando un niño, en su gran inocencia, me obedeció cuando le dije que le tocara a la puerta del sagrario ¡Bendito seas, mi Señor!

No tengan miedo ante los problemas. ¿No les di muestras de confianza durante la persecución religiosa en nuestro querido Veracruz? Ni la violencia ni el miedo ni las leyes injustas pudieron impedir que mis hijos gozaran del sagrado banquete en esos tiempos difíciles. ¡Gracias a mis amados sacerdotes y a las personas comprometidas con la santa Iglesia! Porque a escondidas llevaron la Hostia consagrada a los enfermos y a quien lo necesitaba, porque siguieron realizando las horas santas en el interior de las casas, que eran preciosos relicarios en medio de las familias; porque las largas noches de angustia, lejos de ser un tormento, fueron una oportunidad de estar con nuestro amado Jesús y de reforzar la fe de los veracruzanos, una fe que se tambalea en estos días ¡Hijos míos, no dejen que Satanás nos venza! ¡Sean fuertes! ¡Comprométanse en su vida cristiana! ¡Los hijos de Dios fuimos creados para ser luz entre las naciones, no ratoncitos en medio de gatos!

Nunca me cansaré de alabar el bendito momento en que celebré la primera misa, pudiendo experimentar la dicha de tener a nuestro Señor entre mis humildes manos, ¡Cómo no recordar aquella fecha! 6 de junio de 1901. Al término de mi vida terrenal, cuando celebré sentado, pues, mis achaques me quitaron todas las fuerzas, pero igualmente nuestro Señor me permitió celebrar el sagrado sacrificio el mismo 6 de junio ahora de 1938.

No, hijos míos, tiempos duros siempre han existido, no solamente los que ustedes viven ahora ¡me lo van a contar a mí! Pero es la confianza, es la luz santa que brota de la Hostia bendita que nos sostiene y nos alimenta, la que nos indica que estamos en el camino correcto, en el camino de nuestra salvación y de todos nuestros hermanos. No desfallezcan, que teniendo el alimento que da la vida eterna seremos capaces de vencer el mal.

Que nunca desaparezcan de su boca estas palabras: «En los cielos y en la tierra sea por siempre muy amado, el Corazón amoroso de Jesús sacramentado». Dios los colme de sus bendiciones y los llene de su santo amor. Desde el cielo, en compañía de nuestra santa Madre, la esperanza del pecador, que no se cansa de abogar por ustedes, su padre y pastor Rafael Guízar Valencia.

 

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