Texto y foto: Fernando Rueda Rojano
COATEPEC, VER. 5 febrero 2010. Una multitud de miles de fieles se congregó en torno a la figura del siervo de Dios padre Juan Manuel MartÃn del Campo para ser testigos del traslado de sus restos hasta la parroquia de San Jerónimo en esta ciudad.
Sacerdotes, religiosas, fieles, medios informativos y de comunicación fueron testigos de este acontecimiento histórico para esta Iglesia diocesana. La procesión, encabezada por la urna que contiene los restos del siervo de Dios y seguida por el arzobispo de Xalapa, monseñor Hipólito Reyes Larios, partió del arco Alemán que sirve de entrada al Pueblo Mágico. Cantos, oraciones y porras acompañaron todo el recorrido. Antes de llegar a su destino, el padre MartÃn fue objeto de un emotivo homenaje en el Colegio México, del cual fue fundador, por parte de directivos, profesores, alumnos y personal.
En medio del chipi-chipi y la niebla, la procesión nutrida por quienes se unieron en el camino llegó a la parroquia de San Jerónimo, que en su interior y en el atrio lucÃa copada por fieles que recibieron con aplausos y porras los restos del siervo de Dios, exhumados del Panteón Xalapeño, en la capital del estado.
La solemne eucaristÃa fue presidida por don Hipólito Reyes y concelebrada por una veintena de sacerdotes de la Arquidiócesis, entre ellos el padre Rafael González Hernández, postulador diocesano de la causa de beatificación y el padre ElÃas Rafael Soto Córdoba, juez auxiliar adjunto del Tribunal que lleva dicha causa. La homilÃa para tan extraordinaria ocasión fue pronunciada por monseñor Sergio Obeso Rivera.
Terminada la celebración eucarÃstica, entre cantos, la urna que contiene los restos del siervo de Dios fue trasladada en andas a la capilla de san Francisco de AsÃs, donde fueron depositados ante la presencia de los señores arzobispos, sacerdotes y fieles. Desde esa noche, ahà reposan los restos y pueden ser visitados por la feligresÃa.
La jornada de fe y júbilo desbordantes culminó con una verbena popular en el atrio del bello templo parroquial, donde todos pudieron degustar ricos tamales y atole, entre la neblina que cobijaba a la incipiente noche en el Pueblo Mágico.
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