Lidia vendÃa ropa en el tianguis
Por Pbro. José Melitón Lagunas
Mujer emprendedora, de ojos grandes y de carácter efusivo. Lleva el nombre de su tierra natal, Lidia, región costera del Asia Menor en la actual TurquÃa. Se distinguÃan los habitantes de esta provincia romana por ser muy laboriosos y con mucha iniciativa para el comercio. Esta mujer, Lidia, se vino a radicar a Filipos, ciudad de primera importancia en el Imperio romano. Ahà estableció su tienda de telas finas.
Vendedora de púrpura (Hch 16, 14), tela teñida con colorantes extraÃdos de un molusco marino; telas finas que sólo podÃa comprar la gente adinerada. Asà era la vida de Lidia: en su negocio, su casa y su oración, adoradora del Dios de Israel (Hch 16, 14).
Pablo llega a anunciar el Evangelio ahà donde se congrega mucha gente; éste es precisamente su criterio pastoral, es decir, ser misionero mediante su forma de ser y con su palabra en el ambiente donde las personas hacen su vida. Cuando Lidia escucha hablar de Cristo y con la vehemencia como lo hacÃa Pablo, es tocada en su corazón por el EspÃritu Santo, para comprender que en Cristo ha encontrado el verdadero tesoro que andaba buscando desde hacÃa tiempo, mucho más valioso que sus telas finas.
Seguramente no fue una conversión instantánea, como la de Pablo; llevó sus semanas de catequesis después de este anuncio del Kerigma. Lo cierto es que la conversión de Lidia marca el nacimiento de la comunidad cristiana de Filipos y el inicio de una relación de cariño entrañable entre Pablo y esta comunidad. Recibe Lidia el don de la fe y pide ser bautizada. Es la primera cristiana de Europa.
Lidia recibe el Bautismo pero no nada más ella sola; está tan convencida y llena del EspÃritu Santo que se vuelve animadora ferviente para persuadir a sus empleados, su familia y seguro que también a algunas amigas suyas que acepten la fe. Es la semilla de la hermosa comunidad de los filipenses.
Lidia, ahora, sin dejar su negocio, es un vivo homenaje a la caridad: ofrece la hospitalidad de su casa a los misioneros como signo de la seriedad de su conversión. TodavÃa más, la casa de esta señora acomodada, quizá viuda, se convierte en el lugar de encuentro entre los hermanos cristianos; la generosidad de Lidia hace de su casa el centro de reunión de una verdadera iglesia doméstica. De su fe grande se desprende su caridad grande.
Es una historia ejemplar la de esta gran mujer y se encuentra testimoniada por el mismo Pablo en su carta a los filipenses: «Asà que, hermanos queridos y añorados, gozo y corona mÃa, manténgase asà fieles al Señor, queridos mÃos. Exhorto a Evodia, exhorto a SÃntique, a que estén concordes en nombre del Señor. A ti, mi fiel compañero te pido que ayudes a esas que, por la buena noticia, lucharon conmigo, con Clemente y mis demás colaboradores; sus nombres están escritos en el libro de la vida» (Flp 4, 1-3). Pablo se dirige a dos mujeres que han hecho mucho por la comunidad pero, tal parece, se han enemistado, y su discordia está pesando en la vida de la comunidad. Asà que les pide dejar atrás sus desavenencias personales porque amenazan a la unidad. ¿Serán de las amigas de Lidia? Es lo más probable.
Pablo destaca la importancia de estas dos mujeres en la formación de la comunidad; han trabajado mucho y son de gran valor para todos. SerÃa una pena que por sus diferencias personales salga perjudicada la comunidad.
Pero Pablo no sólo se queda con la exhortación, le pide a un compañero fiel que medie entre ellas. ¿Quién es este compañero fiel? ¿No será Lidia? La palabra griega que se utiliza para «compañero fiel» se puede traducir tanto en masculino como en femenino.
Pero, fijémonos en el criterio que ofrece Pablo: se necesita una tercera persona que hable con las dos sin tomar partido con ninguna, que, con madurez, trate de componer las opiniones opuestas o heridas personales, que busque la reconciliación.
Es verdad, la conversión inicial no borró, sin más, las diferencias personales; estar bajo el signo de la fe no elimina automáticamente desacuerdos entre una y otra persona. La comunidad está formada por personas diferentes, cada una con su propia historia personal. Es la comunión la que debe apaciguar los conflictos, la que debe reconciliar entre sà a las personas enemistadas. Y para el servicio de la comunión tiene que haber un tercero que ayude a que, en medio de las diferencias personales, prevalezca aquello que une a todos y que es más fuerte que lo que los separa. Creemos que en esta comunidad de Filipos la comunión venció.
Lidia y sus amigas. Un reconocimiento para estas mujeres, pilares en la comunidad cristiana. Un reconocimiento para las muchas mujeres que hoy en nuestras comunidades saben actuar en comunión y se entregan de lleno al servicio de Jesucristo. Hermosa actitud para renovar nuestra vida de comunidad en este tiempo de Pascua.Â
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