Pbro. Roberto Reyes Anaya
Hace 2000 años nuestro Señor Jesucristo ante las multitudes que lo seguían dijo «la mies es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe operarios a sus campos». A pesar de la distancia que nos separa de aquel acontecimiento, y con todo el trabajo evangelizador realizado por la Iglesia, estas palabras siguen siendo actuales y apremiantes.
La Iglesia y el mundo necesitan sacerdotes. Santos y buenos sacerdotes, capaces de llevar el Evangelio a todos los hombres, de ayudarles a experimentar la acción salvadora de Cristo, la misericordia del Padre, la acción del Espíritu Santo. Ya san Rafael Guízar lo puntualizaba cuando decía que hacen falta soldados de Jesucristo que luchen por llevar almas al cielo.
Ante esta necesidad y el ambiente cultural en el que vivimos es urgente crear un clima adecuado para que muchos adolescentes y jóvenes puedan descubrir que Dios los llama. El mejor lugar para crear un clima en donde los adolescentes y jóvenes puedan descubrir el llamado de Dios, se encuentra en la fe vivida en cada una de las familias cristianas.
Fue el Concilio Vaticano II quien señaló que existen familias «que, animadas del espíritu de fe, caridad y piedad, son como un primer seminario» (decreto “Optatam totius”, sobre la formación sacerdotal, n. 2). La familia es el ambiente propicio donde se siembra, germina, nace, crece y madura la persona humana.
Gracias a Dios han existido familias que generosamente han respondido a este llamado que Dios hace. Señal de ello son todos los sacerdotes con que cuenta nuestra querida arquidiócesis. Existen, gracias a Dios, familias que son «seminarios caseros». Por eso no resulta extraño que de esas familias salga no sólo uno, sino dos sacerdotes, o también otras vocaciones a los diversos caminos de consagración a Dios.
Pero faltan tantos obreros en la mies... Hay zonas de América y África donde un sacerdote debe atender a más de 50000 personas, muchas veces esparcidas en 10, 15 o incluso 30 comunidades. En Europa las ordenaciones sacerdotales son pocas; muchos sacerdotes tienen más de 60 años, y deben atender a dos o tres parroquias al mismo tiempo. En Asia hay un número muy bajo de católicos y una necesidad enorme de misioneros que puedan llevar el amor de Dios y la gracia de Cristo a cientos de millones de personas. Sin irnos muy lejos, en nuestra arquidiócesis existen parroquias con 15 o 20 comunidades atendidas por un sacerdote. Es obvio que por más empeño que el sacerdote implemente no atenderá convenientemente todos los aspectos de la vida pastoral de sus comunidades.
Faltan obreros para la mies... ¿No será que faltan familias que sean, de verdad, un auténtico «primer seminario»? ¿No será que no se vive a fondo la fe, que falta generosidad para abrirse al llamado de Dios? ¿No será que los hijos no perciben una fe profunda y vital en sus padres, que no respiran en casa que Dios es un Padre bueno y que Cristo murió por nuestros pecados?
Con más familias que tomen en serio el Evangelio, que quieran vivir a fondo la fe y la moral católica, Dios podrá llamar a más obreros a su mies. Nuestra oración al Dueño de la viña estará acompañada por un compromiso sincero de ser hijos de Dios.
La generosidad brillará en tantos jóvenes que un día se atreverán a decir, llenos de alegría y confianza, que sienten la llamada de Dios a servirle plenamente en la Iglesia
Es realmente hermoso encontrarse con un seminario familiar... Es hermoso porque con el futuro hijo sacerdote, o con los hijos o hijas que se entreguen a Dios en la vida consagrada, el mundo recibirá nuevos obreros, la viña estará mejor cuidada, muchos hombres y mujeres escucharán que Dios los ama verdaderamente.
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