Ángeles Hernández Rebolledo
En la niñez no damos mucha atención ni comprendemos lo que nos rodea, hasta que un golpe o un grito nos despierta a la realidad y empezamos a darnos cuenta de que estamos siendo víctimas de un enemigo desconocido.
Si la adolescencia de por sí es difícil, habría que agregarle a eso la pobreza, el resentimiento y la vergüenza de ver al propio padre tirado, orinado, desnudo, atravesado en la banqueta.
Salía de la escuela con mis compañeros de clase y me encontraba a mi padre en esas condiciones. ¡Cuántas veces lo maté en mi mente! ¡Le deseaba la peor de las muertes! Nada más terrible que esa vergüenza y ese sufrimiento.
Para huir de esa realidad me iba con mis hermanos menores, Eduardo y Oscar, al monte a conseguir algo para comer.
Ah, entonces eran ustedes los que me robaban el tomate, me decía hace poco mi suegro y se soltaba a reír. Los recuerdos nos causan ahora risa a todos, pero en ese tiempo...
Mi padre, por su alcoholismo, hacía mucho tiempo que no trabajaba. Todos los días salía de casa y no sé cómo pero conseguía para un kilo de frijoles o para algo de comer. Muchas veces, nada conseguía, así que aprendimos a comer cualquier cosa.
Era muy común que mi madre, antes de acostarse, le diera gracias a Dios por el día que habíamos librado y, aunque no hubiera con qué amanecer, siempre decía: “Ya Dios dirá”.
Lo bueno es que ella estaba con nosotros y, aunque no es santa Mónica, ninguno de mis hermanos siguió el ejemplo de mi padre.
El 26 de abril se cumplen 21 años de que mi padre dejó de tomar. Ese día él y nosotros nacimos de nuevo.
Hoy le damos gracias a Dios porque juntos, como familia, salimos adelante y ese enemigo terrible, ese monstruo del alcoholismo, no nos destruyó.
Mi padre se levantó, se dignificó ante nosotros. Él y mi madre son dos de las personas más importantes de mi vida.
Admiro mucho el valor, la paciencia y la comprensión de mi madre.
Mi padre me ha enseñado que del tronco caído también brotan frutos. Algún día pasó por mi mente la idea de que el mejor remedio era la muerte, a ese borracho algún día lo negué y lo desprecié, pero hoy con orgullo digo que ¡Arquímedes es mí amado padre!
Ángeles Hernández Rebolledo es originaria de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, en Paso de Ovejas, Ver. Su testimonio es verídico y su padre se reestableció en un grupo de Alcohólicos Anónimos (AA). Ángeles nos autorizó publicar este testimonio con la idea de promover los valores de AA y de motivar a otras familias a tener confianza en la regeneración humana, con paciencia y fe.
Escuchenos en vivo a través de Xalapa Inmaculada Radio.



