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Construyendo la cultura de la vida

 

Ma. Cecilia Rodríguez Revoredo

Para construir la Cultura de la vida, es necesario identificar la cultura de la muerte. No suceda que insensiblemente nos dejemos impregnar por sus criterios o nos transformemos en voz o testimonio de sus manifestaciones.

De todos los seres creados, es la persona humana la única capaz de asumir actitudes de vida y actitudes de muerte. En su interior, conociendo el bien por la inteligencia, puede elegir el mal en nombre de su libertad y llega a colocar en la balanza lo que no está a discusión, el derecho fundamental, el don por excelencia: la vida humana.

¿Por qué llamar cultura a aspectos negativos, cuando lo que tradicionalmente viene a nuestra mente al hablar de cultura se refiere a lo que construye? Juan Pablo II aclaró que cuando una violación al derecho fundamental (la vida humana) ya no constituye un hecho aislado sino que se va generalizando y se promueve su justificación con recursos y argumentos, se va constituyendo la cultura de la muerte, ya que la inteligencia, la voluntad y la libertad se han colocado en la mentira, juzgando al mal como bien.

¿Por qué el ser humano se va involucrando en esto, si como dice Juan Pablo II, la conciencia «en su naturaleza íntima, implica una relación con la verdad objetiva y universal»? Es que se ha eclipsado la conciencia, el hombre en su afán de la satisfacción inmediata va perdiendo de vista su destino trascendente y la dimensión de su dignidad, ha confundido su realización como persona con la apariencia física que propone el momento, con el logro de metas sin trascendencia, en el aquí y en el ahora, y ha tomado como brújula el sentimentalismo. Al ir experimentando que va quedando vacío, busca la seguridad en lo cómodo, en lo placentero, en lo que no compromete, en los bienes materiales, en los logros técnicos y científicos desconectados del bien de la persona y de su finalidad. Por eso se atreve a destruir a otros, a quitar de su camino aquello que le exige responsabilidad, solidaridad y esfuerzo.

¿Por qué, aun viviendo así, no es feliz? Porque busca experimentando lo que no corresponde a su naturaleza, porque busca en lo vano, en lo que perece. Ha creído que su autorrealización está en que todo gire en torno a él, como Narciso. De ahí el afán por conservar la imagen, tanto en la apariencia externa como en el concepto que de él puedan tener quienes le rodean para sentirse amado, aceptado, admirado. Pero descubre que en realidad lo que experimenta es la soledad, el resentimiento y la envidia, «por la cual entró la muerte al mundo» como lo narra el Génesis.

¿Cuál es nuestra tarea, frente a la cultura de la muerte? Es clara la expresión de la Escritura «…no seáis como perros mudos que, viendo desde el tejado venir al ladrón, permanecen callados…». Ciertamente es compromiso serio de vida hablar a tiempo y a destiempo a favor de la vida, con un conocimiento cada vez más profundo de la persona y en la certeza de que la vida es un don recibido de Aquel que es la Vida misma.

 

 

 

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