Anónimo
Mi papá murió hace dos años. Partió amargado y solitario. Se fue de la casa cuando yo tenÃa 54 años, alegando que querÃa vivir su propia vida. Lo hizo a pesar de que no lo perdoné.
Fue alcohólico, aunque decÃa que podÃa dejar de tomar en cualquier momento. Nunca me abrazó porque los hombres no se demuestran ternura.
No jugó conmigo ni con mis hermanos porque eso es asunto de mamás. No sabÃa nada de mà pero, cuando yo cometÃa un error, era implacable conmigo.
DecÃa que trabajaba para su familia; sin embargo, en la práctica, éramos la última de sus prioridades. Durante años lo resentÃ. Marqué con ese rencor todas mis ilusiones e hice más frustrantes mis desilusiones.
Un dÃa me casé con una mujer maravillosa y me prometà que no iba a ser como él. Pensaba que ser buen padre era tratar bien a los mÃos, darles lo que pudiera y estar con ellos cuando me necesitaran.
Una vez le pregunté a mi esposa por qué mis hijos no me hacÃan caso a mÃ, sino a ella. QuerÃa averiguar por qué los niños no disfrutaban estando conmigo.
-¿Sabes?, me respondió, cuando estás con ellos lo haces más porque es tu responsabilidad y no porque sea tu privilegio. Tus hijos van a disfrutar de ti sólo cuando tú disfrutes de ellos.
Me di cuenta de que era tanto mi resentimiento y mi deseo de ser diferente a mi papá que me estaba pareciendo a él.
Él era lejano porque los niños eran cosa de mujeres y yo porque querÃa ser estricto y educarlos bien.
Entonces comencé a descubrir las maravillas de pasar el tiempo con mis hijos, jugar con ellos, integrarme a su vida… Dejé de intentar que ellos fueran como yo esperaba y empecé a apreciar más lo que ellos eran.
Me permità inspirarme con su alegrÃa y espontaneidad. Caà en la cuenta de que yo podÃa crecer con ellos. Ya no me esforzaba por ser el adulto que lo sabÃa todo, más bien me inclinaba a ser más la persona que quiere enseñar, pero que también está dispuesta a aprender, que no sólo sabe dar, sino que sabe recibir.
Esto no ha sido fácil. Aún me descubro autoritario, lejano, rÃgido, impulsivo. Entonces recuerdo que eso no es lo que soy y me abro de nuevo al regalo de la vida, de los mÃos, de mi esposa y de mis hijos.
Hoy, DÃa del Padre, celebro mi oportunidad de ser padre, los abrazos de mis hijos, los ejércitos de enanos que crean caos de fantasÃa, que rompen nuestros esquemas a punta de sonrisas e indolencias.
La infancia de mi padre fue más dura que la mÃa. Le enseñaron que la vida era una carga. Él para su padre fue una carga.
No conoció la ternura ni el apoyo. Nadie se sintió orgulloso de él y él tampoco aprendió a sentirse orgulloso de sà mismo.
Papá, antes de que te fueras, hubiera querido decirte que, para mÃ, al igual que para ti, ser un niño no fue fácil, pero es más difÃcil ser adulto si encadeno mi vida y la de los mÃos a los rencores y a los fantasmas del pasado.
Quiero perdonarte, darte la libertad en mi corazón de ser un buen padre. Reconocer que, a tu manera, hiciste lo mejor que pudiste con tu vida.
Sé que sentiste el dolor de tus propios errores. No me será fácil convertir en ángeles mis fantasmas, pero abriré con determinación las puertas de la aceptación y la gratitud.
Papá, me siento orgulloso de ti, porque sin ti yo no serÃa lo que soy, porque tu vida me ayudó a encontrar mi camino, tu dolor me ayudó a evitar el mÃo, tus cualidades florecen en mà y valoro como un tesoro haberlas heredado de ti.
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