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Inicio Familia Lo que no le dije a mi papá
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Lo que no le dije a mi papá


Anónimo

Mi papá murió hace dos años. Partió amargado y solitario. Se fue de la casa cuando yo tenía 54 años, alegando que quería vivir su propia vida. Lo hizo a pesar de que no lo perdoné.

Fue alcohólico, aunque decía que podía dejar de tomar en cualquier momento. Nunca me abrazó porque los hombres no se demuestran ternura.

No jugó conmigo ni con mis hermanos porque eso es asunto de mamás. No sabía nada de mí pero, cuando yo cometía un error, era implacable conmigo.

Decía que trabajaba para su familia; sin embargo, en la práctica, éramos la última de sus prioridades. Durante años lo resentí. Marqué con ese rencor todas mis ilusiones e hice más frustrantes mis desilusiones.

Un día me casé con una mujer maravillosa y me prometí que no iba a ser como él. Pensaba que ser buen padre era tratar bien a los míos, darles lo que pudiera y estar con ellos cuando me necesitaran.

Una vez le pregunté a mi esposa por qué mis hijos no me hacían caso a mí, sino a ella. Quería averiguar por qué los niños no disfrutaban estando conmigo.
-¿Sabes?, me respondió, cuando estás con ellos lo haces más porque es tu responsabilidad y no porque sea tu privilegio. Tus hijos van a disfrutar de ti sólo cuando tú disfrutes de ellos.

Me di cuenta de que era tanto mi resentimiento y mi deseo de ser diferente a mi papá que me estaba pareciendo a él.

Él era lejano porque los niños eran cosa de mujeres y yo porque quería ser estricto y educarlos bien.

Entonces comencé a descubrir las maravillas de pasar el tiempo con mis hijos, jugar con ellos, integrarme a su vida… Dejé de intentar que ellos fueran como yo esperaba y empecé a apreciar más lo que ellos eran.

Me permití inspirarme con su alegría y espontaneidad. Caí en la cuenta de que yo podía crecer con ellos. Ya no me esforzaba por ser el adulto que lo sabía todo, más bien me inclinaba a ser más la persona que quiere enseñar, pero que también está dispuesta a aprender, que no sólo sabe dar, sino que sabe recibir.

Esto no ha sido fácil. Aún me descubro autoritario, lejano, rígido, impulsivo. Entonces recuerdo que eso no es lo que soy y me abro de nuevo al regalo de la vida, de los míos, de mi esposa y de mis hijos.

Hoy, Día del Padre, celebro mi oportunidad de ser padre, los abrazos de mis hijos, los ejércitos de enanos que crean caos de fantasía, que rompen nuestros esquemas a punta de sonrisas e indolencias.

La infancia de mi padre fue más dura que la mía. Le enseñaron que la vida era una carga. Él para su padre fue una carga.

No conoció la ternura ni el apoyo. Nadie se sintió orgulloso de él y él tampoco aprendió a sentirse orgulloso de sí mismo.

Papá, antes de que te fueras, hubiera querido decirte que, para mí, al igual que para ti, ser un niño no fue fácil, pero es más difícil ser adulto si encadeno mi vida y la de los míos a los rencores y a los fantasmas del pasado.

Quiero perdonarte, darte la libertad en mi corazón de ser un buen padre. Reconocer que, a tu manera, hiciste lo mejor que pudiste con tu vida.

Sé que sentiste el dolor de tus propios errores. No me será fácil convertir en ángeles mis fantasmas, pero abriré con determinación las puertas de la aceptación y la gratitud.

Papá, me siento orgulloso de ti, porque sin ti yo no sería lo que soy, porque tu vida me ayudó a encontrar mi camino, tu dolor me ayudó a evitar el mío, tus cualidades florecen en mí y valoro como un tesoro haberlas heredado de ti.

 

 

 

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