Juan Bosco Arellano
Todo empezó como un juego. Tenía 16 años y quería vivir al máximo. Mis padres estaban muy ocupados como para pensar en mÍ. No los culpo, vivían su vida: en la iglesia, con los amigos, con el club social. Era su vida y yo tenía que vivir la mía.
No sé exactamente cómo empezó pero sí sé que me llevó al fondo, a un lugar oscuro al que no quisiera volver. Cuando pienso en eso se me eriza la piel.
Se podría imaginar que después de andar bien bañadito, bien peinado, con dinero en la bolsa, estuviera de pronto buscando comida en la basura. Digo comida, pero en realidad no quería comida, buscaba thinner o resistol en los botes de las ferreterías o en la basura de las casas en construcción.
Empecé fumando y tomando alcohol. Mis compañeros de secundaria querían vivir a mil por hora. Yo era de los que menos dinero tenían y, la verdad, con ellos sus padres no escatimaban. La primera vez fumamos y tomamos a escondidas, para experimentar. Cuando nos dimos cuenta se volvió un hábito, nos subimos a un tren del que ya era muy difícil bajarnos.
Junto con el alcohol, no voy a mentirle, llegaron las primeras experiencias sexuales. Ésa es otra historia que no me dará tiempo contar aquí, pero lo que sí le puedo decir es que del cigarro pasamos a la marihuana. Es lo más fácil que se puede conseguir: en una tienda, en un taxi, casi en cualquier lugar.
La marihuana nos daba mucha pasividad, pero nos trasladaba a otros mundos. Era divertido, no lo puedo negar. Viajamos mucho pero al tiempo que viajábamos nos cansábamos. Sí, nos cansábamos y dejábamos de tener fuerzas no sólo para estudiar, para relacionarnos sanamente o para atender los sermones de la familia, sino que la vida nos empezó a cansar.
Es curioso. Lo divertido empezó a ser aburrido, tedioso. Algunos le llaman hastío, sin sentido. Yo le digo “cansancio”. Éramos jóvenes y en un santiamén empezamos a envejecer.
De la marihuana pasamos a las anfetaminas (de esas que usan mucho los traileros para no dormir) y luego, con ahorros, con pequeños robos o a costillas de los amigos que más tenían llegamos a la cocaína.
La cocaína te prende, te mantiene activo, te da unos vuelos que no te imaginas.
Por la cocaína puede uno hacer lo que sea. No fue mi caso pero uno de mis compañeros de parranda llegó a matar a sus padres. Fue algo terrible.
Yo lo más que hice fue robar, robar y robar.
Bueno, también les quité la tranquilidad a mis padres, pero le digo, ellos estaban convencidos de los logros de su vida.
Yo era un holgazán, un bueno para nada, un fracasado, un don nadie.
Claro, desgraciadamente me creí todo eso y cansado como estaba de la vida, mi única manera de descansar eran las drogas, las drogas que buscaba desesperadamente.
No le cuento detalles de todas las cosas que involucra uno por las drogas. Pierde uno todo, el miedo, la vergüenza, la dignidad. Todo se va a un hoyo profundo del que es muy difícil salir.
Un día, cuando ya habían pasado diez años desde que empecé en estos vicios, alguien se fijó en mí, alguien que me había conocido de joven, que había creído en mí, que creía que yo podía ser alguien y hacer algo en la vida.
Dicen que para salir de esto hay que tener “voluntad”. Yo no sé. No sé qué pudo más si la voluntad que ya no conocía o la voluntad de esa persona que me tuvo un poco de cariño y confianza.
¡Me hacía tanta falta el cariño! Tenía 26 años sin saber realmente qué era el cariño verdadero.
Con atenciones primero y con palabras después, esta persona me llevó a un grupo de atención especializada y luego, con el paso de las semanas, me llevó a un grupo parroquial en donde empezaron a creer en mí.
Nunca podré olvidar cuando empecé a ser centro de atención, a darme cuenta de que valía algo para otras personas.
Otro día le cuento más. Lo que sí puedo decirle es que Dios sí existe y actúa misteriosamente, tan misteriosa y cariñosamente que puede bajar su mano a un pantano de podredumbre y sacar de ahí un lirio hermoso que necesita agua fresca para sobrevivir.
Dios me salvó. No tengo dudas de eso, pero Dios me salvó por la mano de una persona que pasó junto a mí y no me vio con desprecio sino que creyó en mí y en la fuerza del amor.
(Monólogo de un drogadicto elaborado con el testimonio de una persona que estuvo en las garras de la drogadicción, en Xalapa)
Escuchenos en vivo a través de Xalapa Inmaculada Radio.



