Redacción ¡Alégrate!
Al inicio del tercer milenio, dos de las instituciones más atacadas son el matrimonio y la familia. Ante esta situación podrÃa pensarse que el matrimonio fiel y para siempre sobre el que se sientan las bases de la familia ya pasó de moda. Sin embargo, existe (felizmente) otra realidad que no es iluminada por los reflectores ni publicada en los periódicos, quizá porque no es noticia que venda y llame la atención. Nos referimos a la vida callada y valiente de muchos esposos empeñados en renovar su amor tras los muros y ventanas de su hogar, dispuestos a seguir pronunciando el «SÃ, te acepto…» sustentado en las pequeñas y grandes pruebas de amor y en las renuncias personales por el bien del cónyuge y de los hijos. A ellos nuestra admiración y gratitud, porque lo que construyen con esfuerzos al interior de su hogar se convierte en beneficio real al exterior, para la sociedad; pues lo que se gesta en la familia, para bien o para mal, repercute en la comunidad, en la nación, en la humanidad. ¿Qué ya no hay esposos asÃ? ¡Alégrate! recogió el testimonio de algunos de ellos y verdaderamente se alegró al escucharlos:
Guillermo y Araceli. Los vemos muy sonrientes, caminando tomados de la mano, a sus 52 años de casados. Tienen ocho hijos y veinte nietos. Les preguntamos: ¿Siempre se han llevado asà de bien? Araceli responde con una sonrisa pÃcara:
«No nos has visto en nuestros ‘agarrones’… La relación de esposos es hermosa, pero también difÃcil, hay que cuidarla siempre. Ha habido momentos de comunicación profunda, de entendimiento, pero también otros de incomunicación, de imposibilidad para ponernos de acuerdo, de enojo… Pero hemos aprendido que no es bueno callarse las cosas, o peor todavÃa, aplicarle al otro ‘la ley del hielo’ sin más ni más, esperando que adivine lo que pasa, sino más bien buscar el momento oportuno para hablar con sinceridad sobre lo que duele o preocupa, tratar de negociar; a veces tiene que ceder uno, a veces el otro, a veces los dos, para que gane la relación».
Enrique y Luisa: Algo que siempre nos ha llamado la atención de este matrimonio, es que a pesar de reconocer que ambos tienen defectos, no dejan de ver y aprecian las cualidades del otro. Tienen 18 años de casados y dos hijos. Les preguntamos: ¿Cuál ha sido la mayor dificultad que han enfrentado como esposos y cómo la han resuelto?
«Hemos atravesado por varios problemas, afirma Luisa, pero sin duda, lo que más nos hizo sufrir en su momento fue la imposibilidad de ser padres. Lloramos el duelo de tres hijos abortados, pues a pesar de todos los cuidados y tratamientos médicos, ninguno de ellos pudo vivir en mi vientre más de tres meses. Esta pena nos unió como esposos todavÃa más, nos hizo apoyarnos el uno al otro y, aunque pasamos por una etapa de cuestionamiento a Dios por ese dolor, al mismo tiempo le pedÃamos que nos ayudara a entender lo que querÃa de nosotros. Poco a poco, Él nos hizo comprender que la paternidad no es puramente biológica y permitió que llegaran a nuestras vidas dos pequeños, a quienes dimos no sólo nuestro apellido sino el amor de cada dÃa. Con ellos formamos una verdadera familia con sus alegrÃas, y sus dificultades».
Pedro y Esther. 23 años de casados con tres hijos jóvenes y adolescentes. La pregunta: ¿Qué retos han enfrentado en la educación de sus hijos?
Dice Esther: «La gran dificultad para educar a los hijos hoy es que debemos remar a contracorriente. Nosotros tratamos de sembrar valores, de inculcarles la fe, pero el medio en que ellos se mueven les presenta antivalores y excluye a Dios. Aun asÃ, no hay que darse por vencidos: los valores estarán siempre vigentes, independientemente de las modas o las ideologÃas. Por supuesto, además de predicar, nosotros como papás tenemos que dar ejemplo poniendo en práctica aquello que queremos transmitir.
Creemos que si los valores y la fe se siembran desde que los hijos son pequeños, con firmeza y con amor, con palabras y con el testimonio, aun cuando el ambiente sea adverso, los hijos serán fieles a lo aprendido en casa.
Fernando y Olga. Doce años de casados y tres hijos. La pregunta: ¿Qué lugar tiene Dios en su vida matrimonial? Fernando contesta con seguridad:
«¡Si no fuera por Dios hoy estarÃamos separados y seguramente les habrÃamos hecho mucho daño a nuestros hijos! La verdad es que los primeros siete años de nuestro matrimonio, llevamos una vida muy triste: encerrados en nuestro egoÃsmo -«lo mÃo, lo tuyo», enfrascados en una lucha de poder, queriendo vivir todavÃa como solteros. Yo pensaba que después de trabajar me merecÃa irme de parranda con los amigos y que para educar bien a los hijos sólo se necesitaban golpes. Pero gracias a Dios, unos compadres nos invitaron a participar en un retiro católico para matrimonios. Un tanto renuentes y curiosos, aceptamos y luego entramos a su grupo. Fue ahà donde nos encontramos con el Señor y donde descubrimos que nos invitaba a vivir nuestro matrimonio de otra manera. No fue fácil. Tuvimos que romper viejos moldes, pedirnos y darnos el perdón uno al otro, sanar viejas heridas… Con la ayuda de Dios, empezamos a cambiar y hasta nuestros hijos han notado ese cambio. Hoy seguimos luchando, pues los problemas igual que las alegrÃas, aparecen siempre en el matrimonio; pero sabemos que tomados de la mano de Dios, podemos salir adelante; solos, no».
Nos gustarÃa mencionar otros testimonios, pero el espacio lo impide. Sin embargo, estos esposos de carne y hueso, con sus problemas y retos, con sus cualidades y sus defectos, con sus amores y desamores, rebasan cualquier estadÃstica y constituyen la prueba palpable de que hoy, quizá más que nunca, es posible y necesario el matrimonio fundado en la libre decisión de entregarse al otro con un amor fiel, para toda la vida. Sólo sobre tales cimientos podrá edificarse la familia.
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