Juan Bosco Arellano
Bajo los lemas «la familia pequeña vive mejor» y «pocos hijos para darles mucho» desde hace 35 años en nuestro paÃs se ha implementado una polÃtica de planificación familiar que, por lo regular, ha estado en contra de la dignidad de la persona y de los derechos de la pareja de decidir el número de hijos a procrear.
El proyecto de planificación familiar en México inició el 13 de marzo de 1973 cuando el Diario Oficial de la Federación publicó la enmienda al Código Sanitario, la cual marcó el inicio de una serie de acciones que modificarÃan la manera de abordar los problemas relacionados con la vida reproductiva de los individuos y el papel del Estado en la definición de las polÃticas públicas en la materia.
Según el Consejo Nacional de Población (CONAPO) «desde sus orÃgenes, las polÃticas de población se propusieron contribuir a elevar el bienestar y la calidad de vida de los individuos y las familias. Sus esfuerzos se dirigieron a impulsar la desaceleración del ritmo de crecimiento demográfico, a propiciar el arraigo de una cultura demográfica mediante procesos educativos, de información y comunicación en población y a favorecer una mayor participación de la mujer en los procesos de desarrollo económico, social, polÃtico y cultural en condiciones de igualdad con el varón».
La arraigada idea de que habrÃa que tener «los hijos que Dios nos dé» se fue perdiendo en nombre del «bienestar» de las nuevas familias mexicanas, atacadas por una cultura pragmática y hedonista que vio en el proyecto de planificación no sólo la reducción de los gastos del Estado sino el «bienestar» de las familias pequeñas.
La nueva Ley General de Población estableció la obligatoriedad del Estado de ofrecer servicios de planificación familiar gratuita en las instituciones públicas del sector salud, mientras que la reforma del ArtÃculo IV Constitucional consagró el derecho de los individuos para ejercer de manera libre, responsable e informada, la decisión de cuántos hijos tener y cuándo tenerlos.
«Desde esta fecha, la polÃtica de población se ha distinguido por ser una polÃtica respetuosa de los derechos y libertades de las personas» indica CONAPO.
Sin embargo, la realidad ha sido otra porque los institutos de salud siempre han tratado de imponer métodos anticonceptivos en la población o, desafortunadamente, en incontables casos actúan al libre arbitrio introduciendo dispositivos intrauterinos en las mujeres o ligando las trompas de Falopio sin autorización alguna de la mujer, del esposo o de familiares cercanos.
Los casos de estas arbitrariedades son incontables no sólo en clÃnicas y hospitales rurales o en zonas indÃgenas sino también en áreas urbanas.
Las polÃticas gubernamentales guiadas por el slogan «la familia pequeña vive mejor» llevó a los matrimonios a ver al hijo como el principal enemigo del bienestar.
Muchas de las afirmaciones de estas campañas en contra de la familia son erróneas.
El investigador Peter Drucker realizó estudios comparativos con familias chinas, a las que a partir de 1979 se les prohÃbe tener dos hijos o más. Pese a tener sólo un hijo, los chinos actualmente gastan económicamente como si tuvieran seis o siete hijos.
En la convivencia, una familia con pocos hijos los aÃsla, a diferencia de la familia numerosa donde se comparten más las cosas y las necesidades.
Estudios y experiencias recientes demuestran que la familia numerosa crece y se desarrolla más saludablemente que las familias pequeñas, aunque claro, hay excepciones que tienen que ver fundamentalmente con la educación y el espÃritu que rige a estas familias.
La Iglesia siempre alzará su voz en contra de las polÃticas que atenten o trastoquen el verdadero sentido de la familia humana, desde la perspectiva de Dios.
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