Juan Bosco Arellano
La Pascua nos deja extasiados, absortos, pasmados por ver a un Cristo radiante, pleno, luminoso. Los destellos nos pueden hacer olvidar al Cristo cotidiano, al que caminó por los polvosos caminos de Galilea, al niño, al adolescente, al joven que vivió sumiso durante 30 años a su padre san José y, sobre todo, a MarÃa, su madre.
Al reflexionar acerca de la vida ordinaria de Jesús y nuestra empecinada idea de verlo siempre glorioso, el padre José Luis MartÃn Descalzo dice: «Nos encantan sus frutos, nos aterran sus raÃces. Tal vez porque la imagen del muchacho ‘sumiso’ no cuadra bien con nuestro famoso ‘rebelde’. Quizá porque nos agrada encontrar un modelo relumbrante para nuestros sueños de brillo y nos ilusiona menos un modelo para nuestra cotidiana vulgaridad de hombres».
Quizá no nos emociona mucho la infancia de Jesús y su primera juventud, porque ninguno de los cuatro evangelistas la contó abiertamente. Hay textos apócrifos que explotan ese interés, pero sus narraciones resultaron fantasiosas y poco creÃbles. Sin embargo, al leer con detenimiento la predicación de Jesús encontraremos en los mismos evangelios muchas señales de esta época en la que vivió muy apegado a su madre.
¿Por qué apegado a su madre?
Primero, porque el niño Jesús y su madre compartieron la discriminación de la época. En ese tiempo la familia era patriarcal. Además, la mujer sólo era respetada por su calidad de madre. En la sinagoga no importaba el número de mujeres presentes, tenÃa que haber diez hombres para iniciar el rito. El rabà Juda ben Ilay decÃa en esa época: «Tres glorificaciones es preciso hacer a diario: ¡Alabado seas, Señor, porque no me hiciste pagano! ¡Alabado seas porque no me hiciste mujer! ¡Alabado seas porque no me hiciste inculto!».
Pero no sólo las mujeres eran discriminadas, también los niños.
El ambiente ordinario en la casa de Nazareth seguramente estaba regido por esos parámetros. Ya adulto, en sus predicaciones, Jesús reivindicarÃa el papel de la mujer y de los niños.
Pero en la casa, mientras crecÃa, Jesús se mantenÃa apegado a su madre.
José Luis MartÃn Descalzo es elocuente con estas descripciones: «El dÃa comenzaba con la fabricación personal del pan para la familia. Cada mañana MarÃa tomaba unos puñados de trigo de la tinaja que tenÃa empotrada en la pared. SalÃa -probablemente el niño a su lado- al patio y lo molÃa personalmente (…) Amasaba luego la harina -Jesús más tarde sabrÃa exactamente qué proporción de levadura hay que mezclar a cada medida- y la dejaba fermentar».
Pero hay más acontecimientos ordinarios que muestran a Jesús cerca de su madre y que se ven proyectados en sus parábolas: MarÃa hace los vestidos de la familia y Jesús sabrá que a una prenda nueva no se le pone un remiendo viejo. MarÃa guarda la ropa para alejarla de la polilla y Jesús tendrá expresiones de la polilla en sus charlas de predicación. MarÃa y José trabajan arduamente para ganarse el pan y el predicador enseñará que «hay que trabajar para ganarse el pan con el sudor de la frente». Y asà lo mismo con la parábola de la mujer que pierde una moneda en su casa o aquellas expresiones de que nadie pone un candil debajo de la mesa. Todas, frases obtenidas de la vida cotidiana que muestran a un Jesús en casa, al lado de su madre.
Pero junto a lo cotidiano caminaba el misterio, porque el niño era Hijo de Dios. Ya un poeta lo preguntó: «Cuando con los otros niños / de Belén, jugabas tú / ¿sabÃas o no sabÃas / que eras el Niño Jesús?».
Jesús fue creciendo y desarrollando su conciencia de Hijo de Dios, de MesÃas. MartÃn Descalzo expresa: «La suya fue la más difÃcil de todas las infancias. Su alma, su terrible ser, desbordaba de la pequeñez de su cuerpo humano y de la creciente inteligencia del hombre que era».
Y en esa soledad, en ese misterioso devenir, seguramente era abrazado por la madre, por MarÃa, para quien las cosas eran doblemente incomprensibles. Pero ahà estaba, dispuesta a abrazar, a tomar de la mano, a repetir la frase que condujo toda su vida: «¡Hágase tu voluntad!».
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