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El estudiante, espejo de la propia familia

Edgar Gálvez Montalvo

Entiendo a la educación como el proceso de formación integral del ser humano con base en la instrucción científica y tecnológica necesaria en su contexto, permeada por las reglas éticas y morales consensuadas en una sociedad, pienso que de esta forma se ha logrado transmitir la experiencia de la humanidad, permitiendo incrementar el legado de información que ha ido construyendo a los individuos de todas las generaciones. Ahí radica la importancia de la educación en la historia del hombre.

La educación como objeto de estudio, ha sido dividida por la mayoría de los teóricos en: educación formal y educación informal, distinguiendo a la información impartida en las Instituciones públicas o privadas como la indispensable, erudita e infalible educación formal que moldea a los individuos como ciudadanos en las distintas facetas y rangos que la categoría comprende.

Por su parte, cuando se habla de educación informal, casi de manera instantánea se hace referencia a una información carente de dirección o sustento académicos, a una disciplina no oficialmente establecida y, en el peor de los casos, a un proceso carente de valoración alguna.

En mi experiencia docente (no mayor a cuatro años), he podido identificar la importancia que guarda el mantener en equilibrio la conciencia y la exigencia de una educación oficial, estructurada a través de un método científico en su impartición y en su evaluación, frente a una educación vertida por medio de las actitudes, ejemplos, valores, usos y costumbres en el entorno primario de la persona, en otras palabras, su familia.

Mucho se puede planear, estructurar y proyectar de manera oficial, detectar o crear nuevas estrategias para la mejor asimilación de los contenidos por abordar; sin embargo, opino que pensar que con esa capacitación bastaría para la formación de la persona humana es un error. No se debe dejar de lado lo que personalmente creo que significa ser la base toral que soporta la formación del ser humano: la educación recibida en casa.

Las expectativas sanas que generamos como familiares frente al desarrollo académico de niños y jóvenes estudiantes potencian el rendimiento y la consecución de resultados, generan la motivación suficiente para concluir exitosamente cada reto emprendido, proyectándose a través de la responsabilidad en la entrega de trabajos, pulcritud en tiempo, forma y fondo de cada tarea, actitud colaborativa y solidaria en la concreción de proyectos y en su visión analítica, crítica y propositiva frente a fenómenos que le condicionen tener que asumir la responsabilidad en la toma de decisiones.

Como docente, me tomo la libertad de agradecer a cada familiar que busca generar en sus niños y/o jóvenes, actitudes sanas que le permitan fortalecer sus capacidades y talentos. Quienes estamos frente a grupo compartimos a los estudiantes información muy importante para el desarrollo de sus conocimientos; sin embargo, poco podríamos hacer, o de nada serviría cumplir con nuestra parte docente, si los educandos no contaran con bases éticas y de valores generados desde su experiencia y formación familiar. Al fin y al cabo, todos hemos sido reflejo de nuestro hogar en las escuelas donde cursamos nuestra preparación académica. Reconforta saber que cada vez son más las familias que asumen su responsabilidad de buscar o reencontrar los procesos para que esos «espejos» de nuestro hogar, estando finamente pulidos desde casa, reflejen una buena imagen y, apoyados desde el quehacer académico, cumplan con su misión primordial: ser persona humana.

 

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