Pbro. Alfredo Hernández VázquezUno de los escándalos de nuestra época es la tremenda desigualdad económica entre las clases sociales y los pueblos. Unos pocos tienen fortunas incalculables, que con frecuencia derrochan, sin pensar en la cantidad incalculable de hermanos que, sin culpa alguna, carecen de lo más necesario.
Las palabras de Jesús sobre el apego al dinero son muy duras. Plantean una disyuntiva fuerte: Dios o el dinero. Porque simplemente no se puede servir a dos señores. El verdadero discÃpulo de Jesús debe optar por Dios y usar el dinero para una vida sobria y para el servicio de sus semejantes.
Según la visión cristiana, la vida económica no debe tender solamente a multiplicar los bienes producidos y a aumentar el lucro o el poder sino que debe estar ordenada ante todo al servicio de las personas y de la comunidad. Toda actividad económica debe moverse dentro de los lÃmites del orden moral, según la justicia social para que responda al plan de Dios sobre el hombre.
Jesús se lamenta de los ricos porque ellos encuentran su confianza en la abundancia de bienes. El abandono en la providencia de Dios libera a los creyentes de la inquietud por el mañana. La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres, porque ellos verán a Dios.
Las bienaventuranzas nos colocan ante posiciones decisivas con respecto a los bienes materiales. Las bienaventuranzas purifican nuestro corazón para enseñarnos a amar a Dios sobre todas las cosas.
Jesús exhorta a sus discÃpulos a preferirle a Él respecto a todo y a todos y les propone a renunciar a todos sus bienes por el Evangelio. El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los Cielos.
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