Juan Bosco Arellano
Hace algunos meses, el mundo volteó a ver en la Plaza Lerdo de Xalapa a Ramiro Guillén Tapia, un dirigente campesino que decidió inmolarse porque las autoridades no lo querÃan atender, a pesar de haber solicitado más de cien audiencias.
Guillén representaba a indÃgenas popolucas de la Sierra de Soteapan en el sur del estado y querÃa solucionar un conflicto agrario en la comunidad de Ocozotepec.
Antes de morir, Ramiro Guillén Tapia dijo: «Si quieren mi vida para que nos hagan caso, se la doy» se roció gasolina en el cuerpo y se aventó un cerillo encima.
En todos los periódicos del mundo salió la noticia el 2 de octubre de 2008.
Ante tan lamentable acontecimiento, el asunto agrario se resolvió inmediatamente.
La vida de Ramiro sirvió para resolver un problema y el de algunas cuantas familias y su muerte a todos nos conmovió.
Viene a la memoria el hecho, porque en esta Semana Santa estamos recordando nuevamente la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, y hemos escuchado tanto de «muerte y pasión» que corremos el riesgo de tomar a la ligera esa expresión y como un lugar común no darle la importancia debida.
SÃ, porque si Cristo murió por nuestros pecados, su muerte, en el designio divino, es una muestra elocuente del amor de Dios a sus hijos pecadores.
Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: «Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con él (cf Jn 4, 10). Al mismo tiempo, es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf Jn 15, 13), ofrece su vida (cf Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del EspÃritu Santo (cf Hb 9, 14), para reparar nuestra desobediencia» (CIC 614).
Y mas adelante expresa: «Ningún hombre, aunque fuese el más santo, estaba en condiciones de tomar sobre sà los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos».
En el 615 se lee: «Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, asà también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos» (Rm 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que «se dio a sà mismo en expiación», «cuando llevó el pecado de muchos», a quienes «justificará y cuyas culpas soportará» (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados (cf Cc de Trento: DS 1529)».
Si en los medios de comunicación nos conmueve que un señor se inmole por llevar bienestar a algunas cuantas familias, el sacrificio de Cristo, su inmolación en la cruz -dentro de un plan bien elaborado por Dios- es nuestro orgullo como cristianos porque el Señor Jesús se entregó libremente, por amor y por toda la humanidad.
Ojalá que este Viernes Santo veamos el recuerdo o representación de la muerte de Jesús no con ojos de compasión, piedad, dolor o misericordia, sino con orgullo, con admiración, porque por el sufrimiento y el flagelo de uno ahora somos salvos.
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