José Teódulo Guzmán Anell, S. J.
Hace unas semanas, la prensa local de Xalapa informó que Mohamad Yunus, el asà denominado Banquero de los Pobres, habÃa estado conversando con el gobernador de Veracruz. Es probable que pocos lectores hayan reparado en esta noticia y, menos aun, que la hayan ponderado en términos sociopolÃticos.
A Muhamad Yunus se le otorgó el premio Nóbel de la Paz en el año 2006. Algunos crÃticos han comentado que hubiera sido más apropiado darle el Nóbel de economÃa. Muhamad Yunus es el creador de un sistema de microcréditos que ha posibilitado el acceso de millones de pobres, principalmente mujeres, a préstamos sin necesidad de avales y trámites bancarios convencionales. Esto no es muy novedoso, ya que desde los años sesenta, millones de trabajadores, principalmente obreros y campesinos, tuvieron acceso a microcréditos a través de cooperativas de ahorro, en todo el mundo.
La estrategia de Muhamad Yunus tiene como principal instrumento el banco Graneen, en Bangladesh. Las grandes instituciones internacionales han apoyado el modelo Yunus, no obstante que su sistema supone un cuestionamiento serio al sistema bancario. Esto no significa que la expansión del mirocrédito por sà misma haya logrado un abatimiento sistemático de la pobreza en el mundo. ¿Por qué?
Como muy bien afirma Alfonso Castillo (Christus, mayo-abril 2007), de quien tomo varios datos en este artÃculo, «podemos sintetizar en dos aspectos las principales limitaciones que tienen los microcréditos, como modelo de desarrollo. Se ha afirmado hasta el cansancio que las mujeres, gracias a una pequeña cantidad otorgada con base en la confianza, han sido capaces de superar situaciones de exclusión y miseria de las que difÃcilmente hubieran salido. Este ‘salir de’ en términos económicos se convierte en ‘entrar en’ una economÃa de mercado… y hacerles un engranaje más de la rueda del mercado. En otras palabras. El microcrédito es un instrumento para aumentar el número de consumidores y lograr una cada vez más amplia del mercado». Y una segunda limitación consiste en haber privilegiado el carácter individual de la estrategia, sin priorizar al mismo tiempo la solidaridad social, mediante el desarrollo de formas organizativas autogestivas y democráticas.
El combate a la pobreza no puede darse a base de estÃmulos exteriores de tipo individual, si no se construyen las bases para un desarrollo familiar sustentable. Y para ello se necesita crear primero las condiciones para el acceso a una educación de calidad, la capacitación para un trabajo socialmente útil y el impulso a formas autóctonas autogestionarias.
Muchas polÃticas de combate a la pobreza empleadas por los gobiernos, a nivel federal y estatal, se han quedado cortas por no haber entendido el principio de subsidiariedad como lo propone la doctrina social de la Iglesia Católica. Subsidiar comprende sentar las bases sólidas para que la población se organice en forma autónoma como sociedad civil que avanza en su autodeterminación económica, social y polÃtica. Todo lo contrario de ofrecer láminas, letrinas, ladrillos y cobertores en búsqueda de clientelismos de apoyo partidista para las próximas elecciones.
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