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Inicio Fe y Política No prometas lo que no será…
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No prometas lo que no será…

Juan Bosco Arellano

Estuve hace unos días en Zinacantán, Chiapas, y un hombre de tez morena, manos agrietadas, huarache y un impecable y colorido traje de gala me dijo en una larga charla que cada pueblo escoge su destino.

La frase parecía ya hecha, común, pero labrada a mano, forjada en el crisol de los años. «Cada pueblo escoge su destino» me insistió, después de cobrarme la cuota correspondiente para ingresar al pueblo, famoso por las artesanías que mujeres hacen con el telar de cintura, y por el posch, un aguardiente casi sagrado, utilizado sobre todo en rituales de la Semana Santa.

 

El hombre de Zinacantán sabía lo que decía y la frase tuvo respaldo histórico cuando me habló de la organización social de este pueblo chiapaneco, a escasos 20 kilómetros de San Cristobal de las Casas. Una organización un tanto teocéntrica, ligada a la cosmovisión religiosa de todos sus habitantes pero en donde curiosamente ellos toman las decisiones y nadie más.

Mientras me conducía a un telar casero para mostrarme las prendas que su esposa elabora, el personaje me contó que un día de campaña llegó un elocuente político con una larga lista de promesas. El político quería el voto y sabía que a cambio tenía que prometer, conocedor del viejo proverbio de que «prometer no empobrece». Reunida la comunidad en pleno, el sonriente, bien peinado y parlanchín hombre de la polis se sirvió con la cuchara grande.

Ya había recorrido unas diez cuartillas y parecía que le quedaban otras diez, y el malestar ya se sentía en el rostro de los zinacantecos. Sin decir agua va, un hombre se puso de pie con un legajo en la mano. Se veía que eran papeles por los que las manos sucias, de tierra, campesinas, habían pasado muchas veces.

«No siga, señor, no siga. Le agradecemos sus palabras» indicó el poblador. «Todo lo que nuestra comunidad necesita está aquí en estos papeles. Leálos  y cuando crea que puede ayudarnos con algo, regrese. No necesitamos nada más, sólo lo que está ahí escrito».

El político trató de controlar la situación. Sus guaruras corrieron a recoger los papeles. Todos los hombres de la comunidad se fueron levantando. Nadie le dio las gracias ni lo saludó. Fueron respetuosos, sí, pero sabían que les quería ver la cara…
«Así pasó tal cual» me dijo mi interlocutor.
Por eso le digo, «cada pueblo escoge su destino».

Recuerdo esta conversación justo en la semana que iniciaron las campañas políticas en los 300 distritos federales del país. Hombres y mujeres de todo el país salieron con la alforja llena a repartir promesas.

Algunos creen, más que en la efectividad de las promesas, en las dádivas o en los tapabocas multicolores para contener una crisis de influenza ante la poca credibilidad de un gobierno que ya anunció que la economía mexicana se contraerá al cierre del 2009 entre 3.8% y 4%.

Ojalá que los candidatos encuentren ciudadanos conscientes, prestos, atentos, dispuestos a escoger su destino. Ojalá que esta elección no encuentre ciudadanos atemorizados, desconfiados (aunque tendríamos todas las razones para estarlo), sino dispuestos a cambiar un destino inmediato no tan fácil.

Los ciudadanos debemos exigir, más que promesas, acciones concretas para sacar adelante a este país cuya crisis económica no hemos dimensionado. Para llevar adelante una nación que durante el primer trimestre de este año tuvo una caída en sus finanzas del 7%, de acuerdo con un informe de la Secretaría de Hacienda.

El destino está en nuestras manos. ¿Qué diputados queremos que saquen al país adelante?

 

 

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