Pedro Andrés Pérez Vignola
«Como México no hay dos» se decÃa hace algunas décadas, porque habÃa en la mente colectiva de nuestro pueblo una clara consciencia de ello.
 Nos percibÃamos como un pueblo diferente y como una gran nación, a pesar de las carencias y limitaciones que sabÃamos que tenemos. Pero resulta que al paso de los años, con la masificación a la que contribuyen algunos medios y luego con la globalización, la actitud del pueblo mexicano fue cambiando paulatinamente en un deseo de imitar lo extranjero que nos llegaba a través de las pelÃculas, las canciones, las modas y la televisión.
Hemos ido perdiendo parte importante de nuestra esencia, de nuestros valores, de nuestro orgullo de nación, del conocimiento de nuestra verdadera historia, hoy poco conocida, es decir, toda la aportación que hicieron grandes hombres en los campos de la polÃtica, para la construcción de nuestra nación: la educación, las ciencias, las diversas profesiones, nuestros obreros y campesinos y, desde luego, sacerdotes y religiosos, hombres y mujeres que hicieron su gran contribución para los cimientos de nuestra Patria.
CapÃtulo aparte merecen las familias del México de ayer en las que fueron forjados nuestros abuelos, en donde se enseñaban las virtudes de la honradez, el amor y respeto a Dios y la Iglesia y a la Patria, entre otras muchas, asà mismo los valores del respeto a los ancianos, el trabajo, el amor mismo a la familia y otros más.
Hoy estamos llamados a la construcción del México nuevo, apoyados en los invaluables cimientos de los valores que nos legaron nuestros antepasados, participando en donde nos toca desempeñarnos, con coherencia de vida cristiana, con verdadero celo apostólico, con valor, dando testimonio auténtico de nuestra fe en los diferentes ambientes: el laboral, el educativo, el empresarial, el profesional, en los grupos de Iglesia, que muchas veces es donde menos trabajo nos cuesta, y además dentro del templo, pero dar testimonio de Dios fuera del templo, aun con el riesgo de la incomprensión o del desprecio, es lo que hace falta para mover las almas por México, nuestra querida Patria.
No se vale decir: «Eso a mà no me toca, que lo hagan otros. Yo asà estoy muy bien». La Iglesia, a través del Magisterio, nos exhorta y nos anima (finalmente, Dios nos lo manda por medio de ella) a tomar nuestro lugar en la transformación de las estructuras socio-polÃticas en el sentido más amplio de los conceptos. DecÃa un viejo himno: «desde Roma la voz del Vicario nos exhorta imperioso deber, trabajar porque reine en el mundo» se referÃa a nuestro Señor Jesucristo, y ese vicario es el mismo que promulgó la encÃclica Rerum novarum. Desde luego, no es que por primera vez se ocupara nuestra Iglesia de dicha problemática, pero sà abordaba por primera vez el tema en un análisis especial, inaugurando la era de la Doctrina Social de la Iglesia Católica con este documento, que fue seguido de otros más que fueron abordando la cuestión social y polÃtica desde el enfoque de nuestra fe.
Su Santidad Juan Pablo II, durante su primera visita a México, reconoció, celebró y exhortó: «México, siempre fiel». Debemos ser fieles a ese legado de valores y virtudes que hemos profesado y vivido en nuestra historia. El mexicano católico de hoy no puede ser sordo a este llamado ni permanecer pasivo ante la necesidad de aportar su trabajo en favor de la construcción de un México más justo, más próspero, defendiendo la vida, favoreciendo la democracia, participando asà mismo en la solución de los problemas de nuestra comunidad.
El mismo pontÃfice, en su exhortación apostólica Christifideles laici, nos manifiesta: «Los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la polÃtica», y debemos entender este concepto de polÃtica como trabajar todos en favor del bien integral de nuestra Patria. Ésta es la tarea y éste el compromiso que los católicos debemos asumir, conscientes de nuestra dignidad de bautizados.
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