Juan Bosco Arellano
Acusado de traicionar a la Corona y a la Iglesia, el 30 de julio de 1811, después de que cantó el gallo en el patio de un antiguo colegio de Jesuitas en Chihuahua, el padre Miguel Hidalgo y Costilla fue trasladado al paredón para ser fusilado. Pidió que no lo acribillaran por la espalda, como se estilaba que acabaran con los traidores. Los verdugos aceptaron la solicitud.
La voz del cura Hidalgo seguramente fue profunda, seria, aguerrida. Su última voluntad era morir con dignidad, convencido de que la «traición» a las instituciones de esa época representarÃa, con el paso del tiempo, progreso, justicia y libertad. No se equivocó.
Miguel Hidalgo y Costilla fue un hombre de su época. Ni su vida, ni su sacerdocio, ni su historia pueden ser juzgadas con el cristal de un solo lente. Fue un hombre coherente que comprendió el sufrimiento del pueblo y arriesgó su formación, su posición clerical y su propia vida, por la libertad.
Murió con la mano en el corazón y un crucifijo.
Sacerdote desde 1778, Hidalgo se formó en el Colegio de San Nicolás en Valladolid (hoy Morelia). Fue un intelectual, conocedor de la lengua francesa y destacado académico y director de dicho colegio. Como sacerdote, se mantuvo preocupado no sólo por la salvación de las almas sino por la salvación del cuerpo social de sus comunidades a las que les enseñó a cultivar viñedos, criar abejas y dirigir pequeñas industrias.
El padre Hidalgo fue un sacerdote querido en las comunidades donde estuvo y, sobre todo, en Dolores, Guanajuato, a donde llegó después de que su hermano, párroco en esta población, falleciera.
Ahora que se sigue debatiendo si Hidalgo fue o no excomulgado por la Iglesia de esa época, si el proceso que se le enderezó fue injusto, si se arrepintió o no, habrÃa que revisar la historia, la vida y los compromisos de este sacerdote que tuvo que responder a las circunstancias de una historia y una época.
Cuando el 16 de septiembre de 1810 Hidalgo enarboló un estandarte con la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de México, y gritó: «Viva la religión. Viva nuestra Madre, SantÃsima de Guadalupe. Viva Fernando VII. Viva la América y muera el mal gobierno», sabÃa que la historia podÃa ser injusta en el juicio que diera sobre él.
Según la historiadora Sandra Molina Arceo, en Chihuahua, donde estuvo recluido antes de ser fusilado, Hidalgo «sin caer en ambigüedades y sin delatar a nadie, confesó su convicción de que la Independencia serÃa benéfica para el paÃs, haber levantado ejércitos, dirigido manifiestos y ser responsable de los asesinatos cometidos a españoles presos en Valladolid y Guadalajara.
«También sostuvo sin vacilar, haber actuado por el ‘derecho que tiene todo ciudadano cuando cree la patria en riesgo de perderse (…)’; reconoció que nada de lo que habÃa hecho conciliaba con su condición eclesiástica, pero expresó jamás haber abusado de ésta para incitar al pueblo a la insurrección.
«El arrepentimiento de Hidalgo fue quizás el natural recurso para aspirar a la vida eterna y presentarse limpio ante el juicio divino. Los cargos religiosos que se le imputaron los respondió ciñéndose a sus creencias católicas, sabedor de que su deber como sacerdote era retractarse de sus pecados».
Como ser humano, habitante del mundo colonial y sacerdote, Hidalgo tuvo que escoger el dar su propia vida por causas que al final redundaron en bien de muchos, de una nación completa.
Escuchenos en vivo a través de Xalapa Inmaculada Radio.


