Pbro. José Benigno Zilli Manica
 La Iglesia es inseparable de la historia de México. Entramos a la civilización occidental por medio de un pueblo católico hasta la médula, como era el pueblo español, y nuestros primeros educadores fueron los misioneros.
Durante los tres largos siglos de la Colonia, casi toda obra pública era obra de la Iglesia, de modo que, Pedro de Gante y los demás evangelizadores son también los promotores de nuestra cultura y de nuestra raza. Es cierto que no faltaron lagunas y grandes defectos que muchos se han encargado de subrayar, y es cierto, sobre todo, que nos costó muchÃsimo separar a la Iglesia de todo lo que tiene que ver con el poder temporal. Pero nunca hay que olvidar que el alfabeto y la cultura en general nos llegan por los misioneros.
Últimamente, se han renovado las discusiones sobre Hidalgo y Morelos y sus respectivas excomuniones. AquÃ, como siempre, la cuestión consiste en distinguir: Efectivamente, Hidalgo y Morelos fueron excomulgados, pero los documentos muestran claramente que se arrepintieron y pidieron perdón y murieron en el seno de la Iglesia. Jugando con las palabras, podrÃamos decir que ambos fueron desexcomulgados.
Estos sacerdotes se metieron en un terreno que no es el propio de los ministros sagrados, pero hicieron un bien tan grande que todos los mexicanos los veneran con gran devoción. No son santos, pero son héroes. No hay que quitar a los niños la imagen veneranda de estos hombres que tanto bien hicieron para que este territorio fuera una patria libre y soberana.
Algunos se escandalizan de la reacción de los obispos y de las excomuniones, pero ¿qué otra cosa se podrÃa esperar? Todos los obispos eran españoles, nombrados por el Rey de España, y estos sacerdotes, en cambio, metidos en medio de un pueblo colonizado y explotado, tuvieron sentimientos muy diferentes y actuaron en coherencia con ello.
Más tarde, fue muy difÃcil la relación entre el Gobierno y la Iglesia porque el Gobierno pretendÃa ser heredero del «patronato regio», o sea, de la facultad de nombrar a los obispos. Y también fue muy difÃcil el dejar a la Iglesia casi en la miseria al quitarle todas las instituciones que administraba, en realidad, cada vez más mal, por la falta de ministros, puesto que en 1929 fueron expulsados todos los españoles, entre los que muchos era frailes.
Pero estos frailes nos dejaron un pueblo católico que ha sobrevivido a pesar de las dificultades de la Iglesia con el Estado y las llamadas «persecuciones».
Nunca hay que olvidar que Hidalgo, Morelos y Matamoros y un gran número de ministros religiosos fueron los que iniciaron la nacionalidad mexicana, de modo que, no sólo el alfabeto y la cultura, sino también la independencia tiene que ver con la Iglesia.
A partir de 1992, la relación entre el Estado y las Iglesias ha mejorado notablemente al separarse del estilo francés de la revolución contra el trono y el altar y acercarse, más bien, al estilo americano, donde hay libertad e, incluso, colaboración en algunos casos muy especÃficos. Porque se ha reconocido que la religión no es precisamente «el opio del pueblo», sino una fuerza como la fuerza del amor, que puede usarse para bien o puede usarse para mal. Aquà el mal serÃan el fanatismo y la ignorancia, y el bien serÃa una motivación más alta para hacer mejor el trabajo, evitar la criminalidad y avanzar en la búsqueda de la verdad, que es la búsqueda de Dios.
Â
