Pbro. José Teódulo Guzmán A., S. J.
(Primera de tres partes)
Éstas son algunas sugerencias de reflexión a la luz del Evangelio y del Concilio Vaticano II.
«La polÃtica es un aspecto, aunque no el único, que exige vivir el compromiso cristiano al servicio de los demás» (Paulo VI, OA 46).
Mandar obedeciendo y mandar sirviendo parece ser la consigna evangélica (Ver Lc 22, 24-30 y Mt 20, 20-28). La grandeza de quien ejerce el poder y la autoridad se mide por la capacidad que tenga para ponerse al servicio de aquellos y aquellas sobre quienes manda. Ser mandatario significa efectivamente realizar el mandato, la encomienda que ha delegado la comunidad, el pueblo, en la persona que ha elegido para representarlo.
El ejercicio del poder en algunos textos del Nuevo Testamento
Jesucristo es el mandatario del Padre Dios para reinar sobre el cosmos, sobre el mundo y sobre toda la historia (Ef 1, 20-22). Él es el principio fundante de todo poder sobre la tierra. «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Por eso vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discÃpulos» (Mc 16, 15).
El poder que se le confiere es absoluto. Asà lo sugiere el término bÃblico «en el cielo y en la tierra». De ahà deriva el poder conferido a los discÃpulos para anunciar la Buena Noticia, para curar y echar fuera los demonios del mal y de la muerte, para hablar el nuevo lenguaje del Reino de Dios entre todos los pueblos, para controlar serpientes y bebidas venenosas, es decir, para controlar las astucias y las tácticas del espÃritu del mal en el mundo (Mc 16, 17-18).
Se trata de un poder que salva, que sana, que vivifica, que controla al enemigo y lo sojuzga haciendo el bien. Vence el mal con el bien (Mc 6, 41-42; Mt 4, 23; Mt 14, 32 y 8, 23-27; Lc 4, 33-35 y 22, 49-51).
Y ¿por qué se le da este poder a Jesús? Porque se hizo obediente hasta la muerte, por eso Dios lo exaltó sobre todo nombre, sobre toda la creación, y le dio el poder de juzgar a todos y de reinar con el Padre, como Señor del universo (Flp 2, 8-10). Por eso es digno de recibir el honor y la gloria, y de que todo ser viviente se arrodille ante Él. Simplemente porque amó hasta la muerte y porque no dudó en dar su vida por la causa del Padre, por el proyecto de Dios: la liberación, la redención y la vivificación de todos los hijos e hijas del Padre. Y éste es el anuncio gozoso, el kerigma de la primera comunidad cristiana y de los apóstoles, testigos de la muerte y de la resurrección de Jesús: que solamente es posible la salvación por el Nombre de Jesús de Nazareth, a quien los judÃos crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos (Hch 4, 10).
Resulta asà que el poder de Dios Todopoderoso se constituye por la renuncia a utilizar la fuerza para reinar sobre la creación. Ésta es la gran revelación de Jesucristo. Es el amor el que es poderoso, o mejor dicho, el poder del amor, pues para amar hay que renunciar al poder.
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