Pbro. Teódulo Guzmán A. S. J.
(Tercera de tres partes)
¿Cómo ejerce Jesús el poder que comparte con su Padre? Lo ejerce salvando de la muerte, de la enfermedad, de la furia de la tempestad,
 de la misma ley aplicada injustamente, del hambre, de la prostitución y de la tristeza.
¿Cómo se sitúa Jesús frente al poder terreno, frente a la ley y a los derechos de los demás? Jesús es completamente libre frente al poder de Herodes y de los romanos (Mc 2, 27 y Jn 19, 9-11). Actúa como dueño de la ley humana y proclama que la norma se hizo para el servicio de la persona y no al revés. Es preferible infringir la ley por salvar la vida de una persona y que la misericordia es preferible al sacrificio del templo.
Jesús nunca se mostró débil o cobarde frente a los poderosos. Y dijo que no habrÃa que temer a los que pueden matar el cuerpo sino a los que son capaces de matar el espÃritu, es decir, la libertad interior, la frescura de pensamiento, la ternura del corazón y la fidelidad a la voluntad del Padre Dios (Mt 10, 28).
Éste es el modelo para la actuación de los cristianos frente al poder. Ésta es la norma de comportamiento para quienes desean acceder a cargos de poder público en la comunidad polÃtica.
2. El ejercicio del poder en algunos textos del Magisterio de la Iglesia
«La comunidad polÃtica nace para buscar el bien común, en el que encuentra su justificación plena y su sentido, y del que deriva su legitimidad primigenia y propia» afirman con aplomo los obispos de todo el mundo, en el documento Gaudium et Spes 74.
Es injustificable, por tanto, ejercer el poder de gobierno en beneficio del propio grupo, organización, o partido, con detrimento del bienestar y de los derechos de toda la nación.
«El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias, y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección» continúa diciendo el Concilio Vaticano II (GS 74).
«Son muchos y diferentes los hombres que se encuentran en una comunidad polÃtica y pueden con todo derecho inclinarse hacia soluciones diferentes» (GS 74). De ahà la importancia del papel que debe ejercer la autoridad, como fuerza moral, para cohesionar las voluntades, limar las diferencias y conjugar las responsabilidades en orden a la búsqueda del bien común, por encima de los bienes particulares. Para ello es necesario que la autoridad sea digna de confianza y de respeto por parte de todos los grupos sociales.
Sin embargo, «cuando la autoridad polÃtica, rebasando su competencia propia, oprime a los ciudadanos, éstos no deben rehuir las exigencias objetivas del bien común». Y por ello, «les es lÃcito defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso de tal autoridad, guardando los lÃmites que marca la ley moral y evangélica» (GS 74).
Una de las condiciones esenciales para la consecución del bien común es que haya paz, no sólo como ausencia de conflictos, sino sobre todo como un contexto de relaciones humanas que se construye en la verdad, en la libertad y en el respeto a los derechos de los demás.
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