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Inicio Fe y Política No sólo de pan… luego entonces, de pan
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No sólo de pan… luego entonces, de pan

Yoltéotl Martinez

Desde 1980, el mundo viene celebrando cada 16 de octubre el Día Mundial de la Alimentación. El propósito original de la Organización de las Naciones Unidas fue crear conciencia sobre el problema

alimentario mundial y fortalecer la solidaridad internacional en la lucha contra el hambre, la desnutrición y la pobreza. La Asamblea General reconoció que «la alimentación es un requisito para la supervivencia y el bienestar de la humanidad y una necesidad humana fundamental».

Ahora bien, esto es todavía más apremiante en una época de crisis como la que vivimos. Hay actualmente mil 20 millones de desnutridos en el mundo, lo que significa que casi una sexta parte de la humanidad padece hambre. En México se habla de 40 millones en extrema pobreza.

Resultan necesarias aportaciones públicas y privadas. Existen instituciones católicas dedicadas a repartir despensas o alimentar a los más necesitados diariamente como Cáritas. Pero también se requiere aportaciones individuales hacia el prójimo de la esquina.

Urge enfatizar el ejemplo de caridad heroica de nuestro san Rafael Guizar, cuyo aniversario de canonización celebramos este mes. El santo obispo no escatimó prendas o el mínimo dinero para ayudar al hambriento, dándonos así ejemplo vivo que imitar.

Monseñor Guízar quiso vivir en carne propia la suerte de los pobres para así experimentar su desamparo, su soledad, sus carencias y su permanente inseguridad. Recordemos que siendo ya obispo de Veracruz, sus zapatos eran duros y gastados. Su ropero estaba siempre vacío. Lo que le regalaban en la mañana él lo regalaba por la tarde. Comía los mismos alimentos de los seminaristas y dormía en un cuarto de madera que se mandó construir en la azotea del Seminario. Compraba muchos alimentos y los embodegaba para armar bolsas que repartía entre los más necesitados. El día en que entró en la eternidad de Dios, dijo: «Llegué a mi diócesis con un peso en el bolsillo. Mi mayor satisfacción es morir sin un centavo».

Recordemos el pasaje evangélico del joven rico. Jesús, al pedirle la renuncia, ponía al joven rico una condición previa para seguirlo, que comportaba la participación más íntima en el despojo de la Encarnación. Pablo recordará esto a los cristianos de Corinto, para alentarlos a ser generosos con los pobres, poniéndoles el ejemplo de aquel que «siendo rico, por ustedes se hizo pobre para que se enriquecieran con su pobreza» (2 Co 8, 9). Santo Tomás comenta que Jesús «defendió la pobreza material para darnos a nosotros las riquezas espirituales» (Summa Theologica, 111, q. 40, a, 3).

Juan Pablo II afirmó: «Todos los que, acogiendo su invitación, siguen voluntariamente el camino de la pobreza, que Él instauró, son llevados a enriquecer espiritualmente la humanidad. Lejos de añadir simplemente su pobreza a la de los otros pobres que viven en el mundo, están llamados a proporcionarles la verdadera riqueza, que es de orden espiritual. Como he escrito en la exhortación apostólica Redemptionis donum, Cristo ‘es el maestro y el portavoz de la pobreza que enriquece’ (n. 12)» (L’Osservatore Romano, 30 de noviembre de 1994).

Seamos fieles discípulos de quien nos dijo: «Yo les he dicho todas estas cosas para que participen en mi alegría y sean plenamente felices. Ahora les doy este mandamiento: Ámense unos con otros, como yo los amo a ustedes. No hay amor más grande que éste: dar la vida por los amigos» (Jn 15,11-13).

 

 

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