Pbro. José Juan Sánchez Jácome
En estos tiempos convul- sionados y de ofuscación de los valores los cristianos, tenemos que estar cada vez mejor preparados y fundamentados para dialogar con los distintos sectores de la sociedad y con los nuevos areópagos, en temas cada vez más complejos.
La Iglesia va tomando conciencia de esta situación desafiante que estamos enfrentando actualmente como sociedad, ya que este marco de la realidad condiciona de muchas maneras la transmisión de su mensaje dificulta la conciencia y realización vocacional, condiciona los procesos de formación y pone una serie de retos a la vivencia del Evangelio y a nuestra vida como institución.
Las agresiones contra la vida humana y los ataques sistemáticos a la familia no son los únicos sÃntomas del cambio de cultura que estamos viviendo, sino que forman parte de las profundas transformaciones que experimentamos y que están replanteando una serie de costumbres, tradiciones, instituciones y creencias.
El esfuerzo que hacemos por entender esta realidad y responder en consecuencia tiene que ver con las estrategias que, como Iglesia, implementamos para anunciar el mensaje del Evangelio y traducirlo de manera que pueda ser valorado y asimilado por los demás. Por eso, es importante que la teologÃa y nuestra espiritualidad logren ser comunicadas de manera que iluminen la vida de todas las personas.
La espiritualidad y la teologÃa que permanecen en nuestros libros y que no sabemos traducir al lenguaje actual no son relevantes ni para los demás ni para nosotros. Quizá aquello que no hemos sabido traducir para los demás se debe a que tampoco nosotros mismos lo hemos comprendido. La única manera de comprender el don de Dios es darlo a los otros para que también sea don para los demás.
De esta forma una buena pedagogÃa pastoral, en cualquier sector apostólico en este mundo en cambio pero que sigue siendo el lugar en donde actúa el EspÃritu y al cual somos enviados, está ligada sobre todo a un equilibrio particular y especÃfico, entre escuchar y anunciar. Escuchar la realidad en que vivimos, percibir los signos de inquietud y de crisis, de vacÃo y de dispersión. Pero también sus esperanzas y sus logros, para después tratar de dialogar con esta realidad, entrar en su mundo y finalmente proponer aquella palabra de salvación que viene de lo alto y que quiere el bien de este mundo en que vivimos.
Por eso, en el tema del aborto tenemos que escucharnos todas las partes y no descalificar a quienes pensamos de una manera completamente distinta del pensamiento dominante.
Es importante que las instituciones, las agrupaciones polÃticas y los organismos que están a favor del aborto tengan bien presente que la postura de la Iglesia en la defensa de la vida, de la familia y de los valores cristianos no se basa en sentimientos religiosos, sino en profundas convicciones de fe y en sólidas bases cientÃficas.
No defendemos la vida porque nuestros pastores nos den lÃnea al respecto, o porque sea simplemente una tradición hacerlo, sino porque hay profundas bases cientÃficas, filosóficas, teológicas y humanitarias que confirman lo que Dios ha inscrito en el corazón del hombre, es decir, que la vida hay que acogerla, protegerla, cuidarla y promoverla, y que no es ético, ni humanista, ni progresista, ni constitucional procurar su destrucción.
Al defender la vida en el vientre materno estamos siendo coherentes con lo que Dios ha inscrito en el corazón del hombre y que han confirmado los estudios cientÃficos, genéticos y embriológicos, pues desde la unión del óvulo y el espermatozoide hay una nueva vida humana, completamente distinta de la vida de la madre y con su propio patrimonio genético.
En este tipo de temas que divide a los grupos y a la sociedad, se requiere mucha disposición y voluntad para escuchar al otro, para buscar verdaderas alternativas de vida a los difÃciles problemas que enfrentan muchas mujeres y familias y escapar de la tentación de satanizar, descalificar y ridiculizar a los que piensan de manera diferente.
La Iglesia no impone nada, ni en este tema del aborto aplica lo que de manera arbitraria algunos llaman la «ley de la sotana», simplemente porque no están dispuestos a escuchar o aceptar razones. La vida es un don de Dios, y ésta es nuestra convicción al respecto.
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