Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Después de recibir el signo de la ceniza reflexionamos ahora acerca de las tentaciones de Jesús en el desierto, sobre todo para reflexionar en nuestra propia experiencia de ser tentados en la vida.
De hecho, Jesucristo enfrentó en muchos momentos de su vida la tentación y no solamente en el desierto. PodrÃamos, a este propósito, recordar las constantes trampas que los escribas y fariseos le ponÃan a Jesús a través de preguntas capciosas o aquella dramática experiencia cuando, en el GetsemanÃ, sintió una tristeza de muerte, al grado de pedirle a su Padre que, si fuera posible, apartara de Él ese cáliz.
En la experiencia de Jesús, las tentaciones no son cosas piadosas, ni tampoco hacen referencia a situaciones triviales. Se trata, más bien, de insinuaciones o provocaciones que intentan desviar su camino, replanteando completamente su vocación y misión mesiánicas.
Quizá con el paso del tiempo hemos venido rebajando el poder seductivo que tienen las tentaciones y nos acercamos a ellas de una manera ingenua o puritana, como si las tentaciones fueran cosas superficiales y frÃvolas. Minusvaloramos el poder que tienen las tentaciones y finalmente somos vencidos por la inclinación al mal.
Las tentaciones no son necesariamente obras directas del diablo, como si los resortes que activan la tentación no pertenecieran a nuestra condición humana. Tampoco se reducen exclusivamente al sexo, como si no hubiera tentaciones de soberbia, avaricia, mentira, corrupción, injusticias, envidia, maledicencia, impaciencia, desamor, desprecio, crueldad, odio, venganza, asesinato, etcétera.
Más bien, las tentaciones son experiencias humanas universales, ya que se trata de un fenómeno propio de la condición humana. Las tentaciones son un hecho humano generalizado y no solamente un hecho cristiano o religioso. Esto quiere decir que las experimentan por igual todas las personas, creyentes y no creyentes, religiosas y no religiosas.
El diccionario de la lengua castellana define la tentación como «Instigación que conduce a algo malo». Y el pequeño diccionario Larousse se refiere a la tentación como «movimiento interior que incita o invita al mal».
Por lo tanto, lo que llamamos tentaciones son activaciones o impulsos de las tendencias negativas de nuestra condición humana. Se trata de capacidades negativas latentes que pueden estar adormecidas pero que nunca desaparecen porque son parte de nuestra condición humana. Por eso, la vida cristiana consiste en una constante lucha contra estas tendencias negativas que se manifiestan sobre todo en el egoÃsmo que lleva a la persona a idolatrarse, a prescindir de los demás y a suplantar prácticamente a Dios. En esta lucha, en la que contamos con la gracia de Dios, las tentaciones pueden ser vencidas, asà como lo logró nuestro Señor Jesucristo, pero nunca eliminadas.
La carne, en el lenguaje bÃblico, no es el sexo ni el cuerpo humano, más bien hace referencia a la condición humana terrena en su debilidad mortal y en su fragilidad con sus tendencias egocéntricas. Por eso Jesucristo, en el GetsemanÃ, despertó a sus discÃpulos y les dijo: «Vigilad y orad para no caer en la tentación; el espÃritu está dispuesto, pero la carne es débil».
Hace falta ser conscientes de esta realidad que es parte de nuestra condición humana, sobre todo para obtener mejores resultados a la hora de luchar contra las tendencias negativas. Jesucristo, al advertir a sus discÃpulos que «la carne es débil» no se estaba refiriendo al sexo, ni a los malos deseos o pensamientos, ni mucho menos a cosas triviales, sino que quiso prevenirlos contra debilidades mucho peores que las del sexo, más autodestructivas y destructoras de otras vidas y de la misma naturaleza.
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