
Pbro. José Juan Sánchez Jácome
El tiempo de la Cuaresma facilita un ejercicio humilde de introspección personal para descubrir las situaciones de nuestra vida que se oponen al proyecto de Dios. La Palabra de Dios nos va llevando a través de un camino penitencial que nos hace conscientes de la realidad del pecado en nuestra vida.
De ahà la constante invitación al sacramento de la Confesión, a la oración y a la práctica de las obras penitenciales para que por estos medios espirituales se vaya consolidando la conversión o el cambio profundo en nuestra vida.
El pecado y las constantes inconsistencias en nuestra vida cristiana hacen necesario y urgente el cambio de corazón. Por eso Dios toma la iniciativa a través del sacramento de la Confesión para escucharnos, perdonarnos y cambiarnos el corazón. Se muestra amoroso y comprensivo no por nuestros méritos, o porque hayamos cambiado de actitud, incluso lo hace a pesar de nuestros pecados, para que se manifieste su santidad y su misericordia.
Acercarnos sinceramente a confesar nuestros pecados Dios provoca una total transformación interior haciendo incluso la operación de arrancar el corazón de piedra y cambiarlo por un corazón de carne. De otra forma serÃa muy difÃcil entender su proyecto y su propuesta de amor y de justicia. Esta operación es necesaria para poder interiorizar los valores del Evangelio y, en consecuencia, instaurar el reino de Dios entre nosotros.
La tristeza, la desesperación, la desconfianza, el egoÃsmo, la ambición, la superficialidad, la soberbia, las injusticias que cometemos, la falta de solidaridad, el desprecio por los demás, son sÃntomas de que necesitamos una auténtica transformación interior que el Señor nos concede experimentar a través del sacramento de la Confesión.
La Cuaresma se presenta, pues, como esa temporada especial para curar precisamente estas enfermedades, para realizarnos un «transplante de corazón». El Señor nos ofrece un corazón de carne para sustituirlo por el corazón de piedra que ahora llevamos y que nos hace insensibles, duros, frÃos, indiferentes y nos expone a la muerte espiritual.
AnÃmate a vivir la Cuaresma. Propicia un encuentro con el Señor. Practica la oración. Escucha con atención la Palabra de Dios y, especialmente ahora, acércate humildemente al sacramento de la Confesión. Entonces el Señor arrancará ese corazón de piedra que te aÃsla, que te fatiga, que te hace insensible, que te hace indiferente, y te dará un corazón de carne, un corazón humano que se abra a su amor y al reconocimiento de los demás. Un corazón que te haga sensible a las necesidades de los demás y que no te deje indiferente ante las injusticias.
Sólo Dios puede llevar a cabo esta transformación, este profundo cambio en nuestra vida, este «transplante de corazón».
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