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Queremos ver a Jesús

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

La Semana Santa parece ser el tiempo indicado para que podamos realizar ese deseo que seguramente hemos expresado en muchos momentos de nuestra vida. ¡Queremos ver a Jesús! Y por eso conviene considerar todo lo que se requiere para que se pueda realizar este deseo que siempre hemos expresado y que en algunos momentos de nuestra vida se presenta incluso con mucha urgencia.

Para ver a Jesús no son necesarios los amuletos, ni las supersticiones. No se puede ver a Jesús si confiamos más en este tipo de supersticiones y fetiches. Para ver a Jesús es necesario despojarse completamente de egoísmos, de las falsas seguridades, de la soberbia, las incredulidades, fanatismos, de los ídolos y de nuestro pecado.
Para ver a Jesús se necesita ver con cariño y con comprensión a los demás y perdonar de corazón. No ve a Jesús quien acude a lugares espectaculares o milagreros. No ve a Jesús quien se unta cosas, toma brebajes dizque especiales que sólo fanatizan y engañan.

Jesús actúa por dentro, Jesús viene a nosotros por medio de su Palabra y de los sacramentos donde se manifiesta de una manera especial. De esta forma, Jesús penetra en nuestros corazones para provocar una reacción de amor y de reconocimiento de la presencia de Dios en los demás y especialmente en los pobres, en los enfermos y en los necesitados.

El documento de Aparecida sostiene que los enfermos son verdaderas catedrales del encuentro con Dios (n. 417). Siguiendo esta idea se podría decir que el prójimo, la familia, los pobres y los necesitados son verdaderas catedrales del encuentro con Dios, porque el Señor se manifiesta a través del hombre mismo.

Se profesa una auténtica religión, una auténtica fe, cuando damos este salto sintiendo a Dios en nuestro corazón y reconociéndolo en los hermanos. Porque el que vive así su religión, el que vive así su fe entonces la practica respetando a los demás, amando a su prójimo, cuidando a su familia y promoviendo, sobre todo, a los más necesitados.

Así se profesa una auténtica religión. No se necesita, pues, untarse nada, ni beber esas cosas especiales. La sanación, el perdón y la paz sólo vienen de Dios que ya se ha manifestado y ya ha anunciado su presencia santísima en su palabra y en los sacramentos.

Hoy nosotros, todavía en este tiempo de Cuaresma y un poquito antes de comenzar la Semana Santa, queremos ver a Jesús, para reconocerlo y para asistirlo en el enfermo, en el pobre, en el encarcelado, en el que sufre, en el que está triste, en el que está solo, en el que está sin empleo, en el que ha sido despojado por las injusticias y por la corrupción, en el que está a mi lado.

Jesús no se muestra ni se manifiesta para convertirse en un espectáculo privado de alguna persona o de algún grupo. Jesús no se manifiesta para aplacar las conciencias. Jesús viene para desafiar nuestra conducta y para hacernos sentir la presencia amorosa y misericordiosa del Padre del cielo.

Esta Semana Santa podemos ver a Jesús, si nos reconciliamos con los demás y si le demostramos que lo amamos y que creemos en Él, y no en nuestros fetiches, amuletos y supersticiones. Tenemos que renunciar a estas cosas que rebajan nuestra fe y nos alejan de Jesús, porque un brebaje, un ajo y todas esas supersticiones no pueden ser medios eficaces para llegar hasta Jesús.

Para ver a Jesús en esta Semana Santa se necesita escuchar su palabra que nos invita a reconciliarnos y a perdonar. Se necesita contemplarlo lavando los pies de sus apóstoles y entregando la vida por todos nosotros. Se necesita verlo crucificado porque a ese precio nos ha mostrado el amor que nos tiene. Se necesita estar con Él, acompañarlo sobre todo en su Vía Crucis que nos invita a ver con fe y con esperanza nuestro propio sufrimiento.

Queremos ver a Jesús. Padre santo, concédenos ver a tu Hijo para que nos vuelva a enseñar a ser personas de bien, de respeto, de justicia y de paz. Concédenos ver a tu Hijo para que volvamos a aprender lo que significa ser hermano, ser prójimo de los demás.


 

 

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