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Con amor sin dolor

Lila Trápaga Fernández

Pensar en la muerte nos lleva a pensar en la grandeza de Dios que, en el transcurso de nuestra vida, nos llena de bendiciones dándonos la oportunidad de tener familia y disfrutarla cada día. Sin falta, en algún momento inesperado, Dios nos va a pedir que le entreguemos con amor ese tesoro que nos dio a guardar, incluyendo lo propio, sea salud, trabajo, comodidad o seguridad.

Una ocasión, un predicador salió de su casa, ejando a su esposa y dos hijos. Al volver, saludó a su esposa con un beso, y preguntó por sus pequeños. La esposa con mucho amor le dijo: Antes de decirte dónde están, quiero decirte que hace mucho tiempo vino un señor muy grande, y me dio a guardar dos joyas hermosas; hoy ese señor vino por ellas. ¿qué debo hacer, si son el tesoro más grande que hay en esta casa?

"Dárselas inmediatamente" dijo el predicador. "Y si las hemos cuidado con mayor razón, para que vea que somos dignos de confianza". Entonces la esposa tomó al hombre de la mano, lo llevó a la recámara de los hijos, donde yacían sin vida  por un accidente, le dijo a su señor: " Hoy el Señor vino a pedirnos nuestro tesoro más grande, nuestros hijos".

El predicador levantó los ojos y axclamó: "Señor, mi Dios, gracias por el tiempo que me permitiste gozar de la alegría de estos pequeños, los hemos cuidado bien, tuyos son, como tuyos somos mi esposa y yo".

Esta reflexión nos hace reflexionar, cuando Dios nos pide desprendernos en este tiempo de una persona, nuestra entrega debe hacerse con la convicción de que a ese ser que tanto amamos, Él también lo ama y quiere tenerlo con Él para darle amor en plenitud. Entonces daremos gracias por el tiempo que gozamos de su amor y presencia. Más aun, bendeciremos a Dios porque, a partir del momento en que fallecen, jamás volverán a sufrir dolor ni tristeza.

Podemos llenar la ausencia de nuestro ser querido con oración, buscar su recuerdo en el sol, la lluvia, el calor, el frío, las aves, las flores... Todo tiene su belleza y nos permite conocer la magnificencia de la creación, reconociendo que somos parte de ella, sin  buscar lo negativo de nuestra condición humana, sino para entender que tenemos en esta vida una misión que cumplir y así, cuando el Creador nos llame también, vayamos en paz a su encuentro.

Entreguemos a nuestros seres amados también con paz y, sobre todo, preparados para llegar a la presencia de Dios con fe y esperanza fruto del testimonio que les dio nuestra vida.

 

 

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