Juan Bosco Arellano
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Mi abuelo nació en el puerto de Veracruz y se casó con una bella mujer de Jalisco. Los dos eran muy religiosos, pero cada quien a su modo.
Mientras a mi abuelo le gustaba ir de vez en vez a Catemaco, consultar a algún brujo y tallar flores a la imagen de nuestra Señora del Carmen en el templo parroquial de esta ciudad, mi abuela no dejaba su rosario y pedÃa mucho a la Virgen para que el viejo se dejara de supersticiones.
«Nunca vas a olvidar el monte. Siempre seguirás con esas cosas que no son de Dios» le increpaba con frecuencia.
Hasta el último dÃa de su vida, el abuelo creyó en fuerzas mágicas, en conjuros, en males de ojo y cosas por el estilo.
«No cabe duda de que la evangelización entró por Veracruz, pero nunca se quedó ahû aseveraba la abuela. Y tenÃa razón. La historia nos ha enseñado que los evangelizadores tuvieron miedo a los mosquitos, al calor y a las enfermedades que durante una época azotaron el puerto y toda la región. Por ello prefirieron la ciudad de México, el BajÃo y, claro, Guadalajara, precisaba orgullosa la abuela.
Antes de morir, mi abuelo dio instrucciones precisas de su sepelio. El tamaño de la cruz, las cuatro botellitas de agua bendita que deberÃa de tener su féretro por dentro y, claro, un manojo de palmas benditas del domingo de Ramos anterior a su muerte.
«No olvides las palmas benditas, no las olvides» le decÃa insistente a mi abuela.
Y es que el abuelo tenÃa por costumbre cada Domingo de Ramos guardar las palmas en una bolsa, esperar que secaran y después quemar un poco, poner ceniza en los cuatro puntos cardinales de la casa «para que no se acercaran los malos espÃritus».
Si alguien se enfermaba o sufrÃa algún terrible mal, el abuelo le regalaba trozos de palma bendita para que se protegieran. Cuando mi tÃo Alfredo salió de viaje a Europa, el abuelo le dio un pedacito de palma en una pequeña y sólida mica. «Esto te protegerá de todo. No lo olvides».
La abuela sólo movÃa la cabeza y decÃa: «Viejo, lo importante no es la palma sino a quién representa. Con esa palma proclamaste Rey a Jesucristo. Si tú crees en el Señor Jesús, no te va a pasar nada».
Pero los sermones de la abuela no servÃan para nada. El abuelo seguÃa creyendo a su modo, a su manera, tal como lo aprendió en su casa. Y asà murió, creyendo, practicando las enseñanzas heredadas y, claro, también, la bondad que siempre le caracterizó.
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