Pbro. José Teódulo Guzmán Anell, S. J.
La institución de la EucaristÃa y del sacerdocio es el culmen del estilo de vida y del modo de actuar de Jesucristo. Como todos sabemos, Jesús vivió en una época profundamente conflictiva.
HabÃa hambre, enfermedad, esclavitud y sometimiento del pueblo judÃo al poder del Imperio romano. HabÃa tremendas desigualdades sociales, que Jesucristo subraya en algunas parábolas, y los mismos dirigentes religiosos, en nombre de la Ley, excluÃan a los pobres, los pecadores y los enfermos. Jesús, con palabras y hechos, no se mantiene neutral ante esta situación, sino que hace opción explÃcita por los pobres, los enfermos, los pecadores públicos y los hambrientos.
Incluso conversa con los paganos y los herejes (cananeos, samaritanos y oficiales romanos). Jesús siempre está luchando por la vida humana y la restauración de la dignidad de la persona. AsÃ, a lo largo de los tres años de su vida pública, Jesús enfrentó y combatió el hambre (Mc 6, 35-44), alivió la enfermedad (Mc 1, 29-34), consoló la tristeza (Lc 7, 13) y proclamó la liberación de la ignorancia (Mc 1, 27). Rechazó con energÃa la letra que mata el espÃritu (Mc 3, 4: Mt 5, 3-42), se opuso a las leyes opresoras (Mc 7, 8-13) y combatió con energÃa la discriminación social (Lc 10, 29-37).
Éste es el contexto vital de Jesucristo que precede a la celebración de la Última Cena con sus discÃpulos. Por eso, san Lucas nos dirá que «Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los apóstoles y les dijo: ‘Yo tenÃa gran deseo de comer esta Pascua con ustedes antes de padecer’» (Lc 22, 14-16). El cuarto evangelista, a diferencia de los otros, nos dice que durante la cena de Pascua, Jesús «se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Echó agua en un recipiente y se puso a lavar los pies de los discÃpulos (…) y cuando terminó (…) volvió a la mesa y les dijo: ‘¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? (...) Pues si yo, siendo el Señor y Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Ustedes ya saben estas cosas, felices si las ponen en práctica’» (Jn 3, 4-17).
En tiempo de Jesús, un gesto tradicional de buen recibimiento a un invitado a comer era ordenarle a un esclavo que le lavara los pies. ¿Por qué hace Jesús ese gesto propio de los esclavos, con sus discÃpulos, y precisamente antes de instituir la EucaristÃa? Por una razón muy sencilla: La EucaristÃa es una comida de amigos, de hermanos, de iguales. Allà nadie debe sentirse superior a los demás, pues el que se crea el más importante, que se convierta en el servidor de todos. Nadie puede llamar «Padre» a Dios si desprecia a los hijos e hijas de Dios.
Terminada la cena, Jesús «partió el pan y lo dio a sus discÃpulos diciendo: ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes, hagan lo mismo en memoria mÃa’». ¿Qué es lo que nos manda Jesús? Nos recuerda partir el pan y com-partir el pan como Él lo hizo. Jesús es partido y compartido para darnos vida. Recordemos que para la mentalidad hebrea el cuerpo no es la parte material de la persona sino aquello por lo que nos situamos en el mundo y en la historia, o sea, aquello por lo que nos manifestamos como personas. AsÃ, lo que Jesús nos manda es que también nosotros, sus discÃpulos, nos partamos y compartamos para dar vida, si queremos perpetuar su memoria. «Después Jesús tomó la copa de bendición y dijo: ‘Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre que se derrama por ustedes’». Sangre y alianza van juntas. La alianza entre Jesús y su pueblo es inviolable y perpetua, porque es la alianza sellada con sangre. Es una alianza de vida y debe mantener la fidelidad a la vida del grupo y del cuerpo social, que se traduce en la conformación de la comunidad y de la nación.
Celebrar, pues, la EucaristÃa no es cualquier cosa. No puede reducirse a un ritual con carácter individualista. Celebrar la EucaristÃa sin amor y sin preocupación por la vida de nuestro pueblo serÃa traicionar la memoria de Jesucristo SerÃa un culto vacÃo y un ritual sin sentido cristiano.
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