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Misericordia divina

Pbro. José Luis Alvarado Jácome

Lo primero que podemos pensar de Dios es que «es amor y rico en misericordia». Pero, siendo tan alto el misterio de nuestro Dios, nos podemos quedar en camino de no llegarlo a comprender.

 La luz inaccesible, amorosa pero inaccesible, que proviene de Dios se ha encarnado en su Hijo Jesucristo. Cristo se convierte en la encarnación de la misericordia divina. ¿Cómo sabemos que Dios nos ama, nos perdona, está con nosotros, se preocupa, atiende nuestras necesidades, guía al mundo y quiere para nosotros lo mejor de la vida? Cristo nos lo ha transmitido. No sólo personifica a la misericordia, sino que es la misericordia misma.

Esta palabra, misericordia proviene de dos raíces latinas: miser (miserable, desdichado) y cordis (corazón) es la capacidad de sentir la desdicha de los demás. En la encarnación, Dios se ha hecho tan presente y cercano a la humanidad que es capaz de sentir con nuestro corazón, es capaz de ver con nuestros ojos, capaz de sentir nuestros sufrimientos, dolores, angustias y alegrías. Mediante sus enseñanzas y su misma vida nos ha enseñado que el Padre es rico en misericordia y esto, a la vez, se convierte en el signo de sus seguidores; el mandamiento más grande es «amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo», en la oración por excelencia pedimos que Dios «perdone nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Y es que no hay otro camino, insertarse en el misterio divino es comprender todo lo que Dios hace por nosotros y espontáneamente surge un testimonio cristiano ante todos los hombres. El amor de Dios se paga con amor, la misericordia divina con misericordia.

Una de las máximas parábolas de la misericordia divina la encontramos en El hijo pródigo, que se debería llamar La parábola del Padre misericordioso. Lucas nos presenta el culmen de ese amor de Dios para sus hijos. No importa lo que haya hecho el hijo, que haya sido malagradecido y despilfarrado todo lo que costó al padre. No importa nada, con tal de que el hijo vuelva a la casa paterna. Y una vez que el hijo se da cuenta de su mala acción, decide libremente regresar a la casa paterna, pedirle perdón y que se haga lo que le pide su amoroso padre. ¿Le reclamó todos sus errores? ¿Le puso condiciones? ¿Lo recibió sin acercarse porque venía mugroso? ¿Perdonó pero no olvidó? Desde luego que no. Una vez que la alegría se apodera del padre ya no hay poder que disminuya el regocijo porque el hijo ha vuelto.

¿Alguna vez te has puesto a reflexionar que nosotros somos como ese hijo malagradecido que desdeñamos las enseñanzas del Padre para ir a gastar el dinero en cosas fútiles? Y cuando ya no hay nada más que hacer decimos: «Perdóname Señor, he pecado contra el cielo y contra ti». Y la mano misericordiosa del sacerdote nos bendice al momento de escucharse las palabras: «Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Lo maravilloso de este sacramento instituido por Cristo (mostrando la misericordia del Padre) es que inmediatamente que uno acude a él, nuestro Padre sale a nuestro encuentro con sus brazos abiertos diciendo: «Hijo mío, yo te amo así como eres. No me importa lo que hayas hecho. Yo te perdono. Nunca te he abandonado y nunca te voy a dejar de amar».

¡Qué difícil resulta en ocasiones perdonar y olvidar alguna falta que nos hayan cometido! ¡Sería tan bonito tener esa capacidad que tiene nuestro Dios de olvidar y amar como la primera vez! Desde luego que jamás vamos a alcanzar ese grado, pero estoy convencido que quien ha experimentado la misericordia de Dios automáticamente surge ese agradecimiento. El amor divino se paga con amor, la misericordia divina con misericordia.

¿Quieres experimentar la misericordia de Dios en tu vida? Acude a la Sagrada Eucaristía. Toma conciencia de lo que se realiza en esa celebración: el mismo Cristo nos comparte su vida divina, nos invita a seguirlo escuchando su palabra, a transformarnos como Él cuando somos testigos de su entrega en el sacrificio incruento de su Cuerpo y de su Sangre y cuando compartimos su misma vida divina en la sagrada Comunión. ¿Crees que no es suficiente? ¿Conoces a alguien que de su vida todos los días por ti, sin importarle tu estilo de vida? ¿Quizá tu mamá, tu papá? Muy bien, ellos son reflejo de la presencia de Dios. ¿No puedes ponerle nombre a alguien así? ¿Qué tal Cristo el Señor? ¿Todavía no es suficiente? ¿A quién conoces que perdone tus faltas, te ayuda y absolutamente olvide lo malo? ¿Confías tanto como para no tener vergüenza de perder tu imagen? Si lo hay, felicidades: es reflejo de la presencia de Dios ¿No puedes ponerle nombre a alguien así? ¿Qué tal Cristo el Señor? ¡Demos gracias a Dios que nos otorga la segunda tabla de salvación en el sacramento de la Reconciliación!

Descubrir su misericordia es conocernos a nosotros mismos. Es estar en sintonía con nuestra naturaleza limitada y reconocer que tenemos la gracia divina para superarla. Ése es el gran regalo de nuestro Padre. Hagamos lo que hagamos jamás perderemos nuestro valor y dignidad ¿Hay algunos que no te valoran lo suficiente? ¿Quisieras que los demás te demostraran todo su amor? ¿Ya probaste con Cristo? Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.

La alegría pascual se multiplica al saber que tenemos un Padre rico en misericordia que nos ha donado a su único Hijo, Jesucristo, para que alcancemos la vida eterna por su muerte en cruz y su victoria sobre el pecado y la muerte mediante su resurrección. Gracias, Señor, porque así te ha parecido bien. Que Dios tenga misericordia de nosotros y del mundo entero.

 


 

 

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