Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Recuerdo con mucha claridad el momento en que Carmelita le hizo esta pregunta a ese hombre amable y bondadoso de mirada profunda y ojos azules.
Con el paso del tiempo comprendà que una pregunta como ésta, planteada al misionero, habÃa sido posible sólo por la enorme confianza que nos transmitÃa. El catecismo nunca fue un adiestramiento, ni siquiera un momento aburrido o pesado porque tuviéramos que aprender de memoria todas las respuestas.
Era un momento de mucha alegrÃa que esperábamos con muchas ansias porque ese hombre bondadoso y maravilloso nos hablaba con pasión y convicción acerca de Dios, porque nos animaba a cantarle y a sentirlo en nuestros corazones. En esos momentos era como si bajara el cielo para nosotros o como si siguiéramos sus pasos hasta la presencia bendita de Dios.
Y la lección se aprendÃa y se grababa no tanto en la memoria sino en el corazón, porque con la explicación del misionero ya no nos sentÃamos solos, la presencia de Dios santificaba nuestro rancho, nuestros campos, nuestros cielos y nuestras humildes moradas.
A partir de sus palabras y de la emoción que reflejaba en su rostro cuando hablaba de Dios entendà lo maravilloso que es ir a visitar a Jesús en el sagrario. Ahora que pasaron los años, mi visita a Jesús sacramentado sigue siendo una experiencia emocionante, pero también me ayuda a no olvidar lo que fui de niño y, sobre todo, las enseñanzas que recibà del misionero que también se quedó grabado en mi vida.
Gracias al padre Ruiz sé dónde vive Dios y dónde puedo sentirlo de manera Ãntima y maravillosa.
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