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Inicio Liturgia Al César lo que es del César…
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Al César lo que es del César…

Pbro. José Manuel Suazo Reyes

Esta respuesta que Jesús dio a algunos fariseos y herodianos (cf Mc 12, 17) ha sido objeto de muchas manipulaciones, ya que suele citarse ordinariamente en forma descontextualizada para descalificar la actitud crítica de un creyente ante el ejercicio de alguna función pública. Es realmente una pena porque la intención del autor va más allá. La intención de Jesús no es subrayar la separación entre dos órdenes, uno temporal y otro espiritual. Esa dicotomía no existía en la mentalidad judía ni mucho menos en el mensaje de Jesús.

Este pasaje bíblico en cuestión está situado en la sección del enfrentamiento  de Jesús con las autoridades judías, después de su entrada a la ciudad santa de Jerusalén. En la pregunta que se hace a Jesús (leer los versos anteriores) queda patente la autoridad con la que Él enseña (cf Mc 1, 22). La cuestión es introducida por un grupo de fariseos y herodianos quienes, con mala intención, preguntan a Jesús si los judíos deben pagar tributo al emperador, es decir, a una potencia extranjera. La pregunta pone a Jesús en un dilema: si ofrece una respuesta negativa, se expone a ser acusado de rebelión (cf Hech 5, 37), y si responde afirmativamente, se atrae la antipatía del pueblo. La verdadera cuestión no es si se debe pagar el impuesto, sino si éste viola o no la ley judía. Señalando que la moneda romana lleva la imagen y la inscripción del César, Jesús aconseja darla a su dueño, es decir, pagar impuesto, pero nada más. Con la segunda parte de su respuesta: «Dad al César lo que es del César y a Dios, lo que es de
Dios» se establece un estricto límite: el César no tiene derecho de exigir lo que pertenece a Dios. Pero, ¿qué es lo que pertenece a Dios?

Jesús no dice en el texto qué es lo que se debe dar a Dios; sin embargo, hay un elemento en su respuesta que permite deducirlo como seguramente lo dedujeron los fariseos y los herodianos que lo estaban poniendo a prueba. Algo importante debieron haber entendido los fariseos, ya que el texto dice que ellos se maravillaban de Él. ¿Qué es lo que pertenece a Dios y qué es lo que hay que devolverle?

Una clave para hallar la respuesta se encuentra en las mismas palabras de Jesús delante de la moneda romana. ¿De quién es esta imagen?, pregunta Jesús. Sabemos que las monedas le pertenecen al César porque llevan su imagen. Para saber qué es lo que le pertenece a Dios hay que buscar dónde está su imagen.

En el libro del Génesis (1, 27) se dice que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. De esa afirmación fundamental deriva la altísima dignidad del ser humano. El hombre y la mujer tienen una dignidad porque han sido creados a imagen y semejanza de Dios.

El texto del Génesis nos da entonces la clave de interpretación de las palabras de Jesús. Lo que pertenece a Dios, lo que hay que devolverle a Dios, es el ser humano en su totalidad, con su libertad y su voluntad. En ese sentido, el ser humano, hombre o mujer, es intocable, no puede ser manipulado o esclavizado porque es propiedad de Dios.

Hay en esta afirmación una velada crítica a todo tipo de poder que busca con sus artimañas y publicidad comprada adueñarse de la voluntad de las personas. Ya decía el profeta Amós: «Ay de aquellos que compran la conciencia del pobre por un par de sandalias». Esto ofende la dignidad humana y presenta a la persona como una mercancía que se puede adquirir al propio antojo. Por lo tanto, «Dad al César lo que es del  César y a Dios lo que es de Dios» se podría muy bien traducir en nuestros tiempos: «Respeten la libertad y la dignidad de las personas, no se aprovechen de sus necesidades y mucho menos las engañen. No las aten ni las manipulen».

De modo que este texto de Marcos 12, 17, lejos de ser un texto que separa los órdenes espirituales y temporales, es un excelente ejemplo de relación con el poder: Debe existir respeto, pero también la independencia; se necesita colaboración pero también se debe cultivar una distancia crítica. Y, sobre todo, la noción de que ningún poder, por grande que sea o por divino que pretenda su origen, tiene el derecho de adueñarse de las persona humana.

El hombre y la mujer, imágenes de Dios, le pertenecen solamente a Él; no tienen otro dueño. Esta convicción de que el ser humano es imagen y semejanza de Dios es la fuente teologal de los derechos humanos. La Iglesia siempre será la defensora y promotora de la dignidad de las personas porque sabe que en cada persona se esconde la altísima dignidad de ser imagen de Dios. Ésa es nuestra gloria, y siempre la vamos a defender.

En esta época actual en la que se sacrifica el bienestar, la felicidad y a veces hasta la dignidad misma del ser humano en aras de un desarrollo desigual e inhumano, en este tiempo en el que es el dios al que se rinde culto y cuando se habla de justicia y fraternidad espanta a algunos, los cristianos debemos enarbolar este texto como criterio de respeto al ser humano frente a las nuevas fuentes de poder.

 

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