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Iglesia misionera, laicos misioneros

Por: Teófilo Aguilar

Esta festividad de la Ascensión del Señor nos recuerda la misión de la Iglesia: «Recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los límites de la tierra» (Hch 1, 8). Sin embargo, esta misión involucra a la Iglesia toda.

Sin duda, Jesús recibió su misión del Padre: «Sepan, pues, que no vengo por mi mismo: vengo enviado por el que es la Verdad. Ustedes no lo conocen, pero yo le conozco porque soy de Él, y el me ha enviado» (Jn 7, 29). Aun más enfatizado por Él mismo posteriormente: «Todo poder se me ha dado en el cielo y en la tierra. Por esto, vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado. Yo estoy siempre con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo» (Mt 28, 19-20).

Por supuesto, la Iglesia reconoce la voluntad del Padre como origen de su misión: «Se despliega en la obra de la creación, en toda la historia de la salvación después de la caída, en las misiones del Hijo y del Espíritu, cuya prolongación es la misión de la Iglesia» (Ad Gentes 2-9).

Pero el Catecismo de la Iglesia Católica (Cat IC) nos lo aclara aun más. «La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles en Cristo en su Comunión con el Padre en el Espíritu Santo: el Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos a Cristo. Le manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el Misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la comunión con Dios, para que den mucho fruto (Jn 15, 5.8.16). Porque la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu Santo, sino que es su sacramento» (Cat IC 737-738). Sin embargo, no deja de enfatizar que «El Espíritu Santo es en verdad protagonista de toda la misión eclesial» (Redemptoris Missio 21 en Cat IC 852).

Pero ya desde el Concilio Vaticano II no se olvida el papel de los laicos: «Así, todo laico, por el simple hecho de haber recibido sus dones, es a la vez testigo e instrumento vivo de la misión de la iglesia misma según la medida del don de Cristo» (Lumen Gentium 33).

Todo esto es explicitado de forma precisa en la totalidad del documento de nuestros obispos en Aparecida dedicado a reanimar la actividad misionera de la Iglesia en América Latina. Y, desde su inicio, nos recuerda: «En el encuentro con Cristo queremos expresar la alegría de ser discípulos del Señor y de haber sido enviados con el tesoro del Evangelio» (Aparecida 28).

 

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