Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Me llama mucho la atención la experiencia de aquellos cristianos, como se lee en el libro de los Hechos de los Apóstoles, que no sabÃan quién era el EspÃritu Santo.
San Pablo, como era su caracterÃstica, llegó muy emocionado a hablarles del EspÃritu Santo y resultó que no habÃan oÃdo hablar de Él.
Eso mismo también nos puede pasar a nosotros. Yo ahora vengo a hablarles del EspÃritu Santo y a animarlos para que pidan su presencia, para que soliciten sus dones en este dÃa tan importante de Pentecostés y puede pasar que no todos sepamos quién es el EspÃritu Santo.
Por eso, acerca del EspÃritu Santo, acerca de esta tercera persona de la SantÃsima Trinidad podemos decir lo siguiente. El EspÃritu Santo significa el paso de la oscuridad a la luz, del miedo al valor, del encierro al testimonio público, del aislamiento al principio de la comunidad viva y operante.
El EspÃritu Santo es la unidad en la diversidad, es el don de lenguas, la posibilidad de llegar a todos con un mensaje que cada uno entiende como dirigido exclusivamente para él «en su propio idioma»; el EspÃritu Santo es la profundización en el mensaje de Jesús, el momento justo en el que los apóstoles y los discÃpulos que lo reciben empiezan a conocer de verdad a Jesús, a interpretar sus palabras, a penetrar en su Ãntimo modo de ser, a ver el mundo con los ojos de Cristo y a diseñar con toda claridad lo que debe ser la vida de un cristiano.
Aquellos primeros hombres que recibieron el EspÃritu Santo cambiaron radicalmente. Un impulso nuevo habÃa vigorizado sus convicciones y habÃa fortalecido sus decisiones. Desde ese momento ya nada podrá frenar su iniciativa cristiana, del mismo modo que nada ni nadie habÃa podido frenar la de aquel Maestro con el que habÃan convivido sin conocerlo del todo y sin poder captar la grandeza de su mensaje.
El mundo comenzó a ver, primero despectivamente y luego asombrado, la existencia de unos hombres aparentemente insignificantes, que no tenÃan poder ni influencia, ni dinero; unos hombres que se limitaban a creer en lo que decÃan y, sobre todo, a amar a todos los hombres y a predicar en el nombre del Señor Jesús, que habÃa muerto para que todos tuvieran vida.
Aquellos hombres no callaron ante la persecución, ni ante el halago, ni ante el dolor ni ante el martirio. No eran muchos pero la fuerza de su espÃritu era irresistible. Y de la misma manera que habÃan superado las dificultades del momento, superaron el tiempo y el espacio. Aquellas primeras comunidades cristianas, en las que el EspÃritu Santo vivÃa palpablemente, fueron incontenibles.
Es cierto que en algunos momentos de la historia parece que no hemos vivido de acuerdo con el EspÃritu de Dios. Sin embargo, en todos los tiempos y en los momentos más dolorosos de la historia de la Iglesia, el EspÃritu ha aleteado, ha estado presente avivando la fe, despertando la esperanza, vigorizando el amor, llevando a cabo su hermosa obra.
Por eso no dejemos que el EspÃritu Santo pase de largo en nuestra vida. Vamos a suplicarle para que se detenga y nos envuelva con su fuego divino, que nos empuje a confesar a Dios ante los hombres de la única forma que los hombres admiten esta confesión: dando testimonio de lo que creemos y llevamos en el corazón.
Hoy es un dÃa de gozo, un dÃa en que podemos renovar la fe, un dÃa de oración ferviente, de petición insistente para que el EspÃritu no pase de largo, sino que descienda real y verdaderamente, «renovando la faz de la tierra».
Pidamos con mucha insistencia que el EspÃritu Santo venga a nosotros. Pidámosle que nos conceda vivir esa experiencia de las primeras comunidades cristianas. Pidamos que arrase con nuestro egoÃsmo y con nuestra soberbia; pidámosle que sople en nuestros corazones y en el hogar de cada uno de nosotros para que nos llene con la vida de Jesús, para que nos inunde con sus sagrados dones.
Un dÃa como hoy nació la Iglesia, nuestra Iglesia, esta Iglesia a la que todos pertenecemos y tratamos de amar y de embellecer para que cada dÃa se convierta en ese espacio donde todos quepamos, seamos confortados y recibamos a Jesús como alimento que da la vida eterna.
Pidamos el don del EspÃritu Santo para que podamos vivir unidos y con alegrÃa, para superar nuestras tristezas y desánimos, recobrar la salud, confesar con nuestra vida que creemos en Jesús, aclarar nuestras dudas y ver con total claridad que Dios nos ama.
Â
Escuchenos en vivo a través de Xalapa Inmaculada Radio.



