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Inicio Liturgia ¡Bendita sea la Santísima Trinidad!
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¡Bendita sea la Santísima Trinidad!

Pbro. José Benigno Zilli Manica

Seguramente fue nuestra madre la primera que nos signó, o persignó, en la frente en el nombre del Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y en el nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo fuimos también bautizados. La Santísima Trinidad es lo primero y más importante de nuestra fe cristiana.

Más tarde, llegan algunos –que ya no son propiamente cristianos, como los testigos de Jehová y los mormones- que nos enredan alegando y disputando que tres no pueden ser uno y que uno no puede ser tres. Y nos cuesta mucho responderles, porque se trata, en efecto, de la fórmula del misterio más alto en que Dios se nos ha revelado.

Es muy conocida la anécdota de san Agustín paseando por el mar y meditando hondamente sobre esta verdad del Dios uno y trino y el niño o ángel que con una pequeña cubeta trata de pasar todo el mar a un agujero hecho en la arena. San Agustín le dice: «¿No te parece absurdo pasar todo el mar a ese agujero?». Y el niño o ángel le responde: «Y ¿no te parece tonto querer comprender el inmenso misterio de Dios en tu pequeña cabeza?». De hecho, san Agustín escribió un tratado sobre la Trinidad, y santo Tomás de Aquino tiene unas profundas Cuestiones disputadas de Trinitatae. En ambos casos se trata de dos cosas: Una, encontrar en nosotros –el ser, el conocer y el amar- una lejana analogía de la vida de Dios mismo; y dos, hacer ver que no se trata de una contradicción propiamente dicha, porque lo uno de la unidad es en la substancia, naturaleza o esencia, y las personas forman el tres, o la Trinidad. Por cierto, y para advertencia a los protestantes, la palabra Trinidad no aparece en la Biblia misma.

Los Padres de la Iglesia suelen distinguir entre la «teología» y la «economía». Por «teología» designan el misterio de la vida íntima de Dios en sí mismo. Y por «economía», las obras de Dios por las que se nos revela y nos comunica su vida. Pero una y otra se esclarecen mutuamente. Las obras de Dios –especialmente, el hombre y su mente- revelan quién es Dios en sí mismo. Y el misterio íntimo de Dios ilumina la inteligencia de todas las cosas.

Pero no caigamos en el reproche que el niño o ángel le hizo a san Agustín. Vivamos, más bien, llenos de adoración y respeto nuestra fe en la Santísima Trinidad. Nosotros estamos inmersos en la Trinidad porque, unidos al Hijo, hemos quedado insertos en el inmenso misterio de la salvación escondida por siglos en Dios.

 

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