Pbro. José Juan Sánchez JácomeDespués de varios domingos, hoy terminamos de leer el capÃtulo 6 del evangelio de san Juan, con el discurso del Pan de Vida. En la primera lectura de la santa misa de este domingo, Josué, el sucesor de Moisés, el que condujo al pueblo de Israel a la tierra prometida, pone al pueblo ante la gran disyuntiva: tienen que escoger entre servir a los dioses falsos de los pueblos vecinos -dioses más permisivos en cuanto a la vida moral, pero falsos y sin vida- o servir a Yavé, el Dios vivo que les ha liberado de Egipto y con el que han pactado una alianza exigente. Todo el pueblo responde que servirán al Dios verdadero, aunque posteriormente serÃan con frecuencia infieles a su promesa.
En el evangelio, como reacción al discurso de Jesús sobre el Pan de la Vida, se dividen las posturas. Bastantes de los que hasta entonces le seguÃan le abandonan. No se sabe bien si por la primera afirmación (hay que creer en Jesús para tener vida) o por la segunda (hay que comer su carne y beber su sangre): ambas, desde luego, son sorprendentes y «escandalosas» para los judÃos.
No obstante tantos signos y actos liberadores y misericordiosos de Jesucristo asistiendo a los enfermos y predicando la Palabra a tiempo y a destiempo, al final muchos toman la decisión de apartarse, de no seguir a Jesús. Los discÃpulos más cercanos deciden seguir con Él, aunque no entienden del todo su mensaje. De hecho, Pedro le responde a Jesús: «¿A quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna».
Nos puede pasar que seguimos a Jesús mientras la vida es bonita, mientras todo está bien en nuestra vida, mientras tenemos salud y no hay problemas. Pero cuando algo se sale de control, cuando empiezan las dificultades, entonces tendemos a buscar otras opciones. O cuando descubrimos que la vida cristiana es difÃcil preferimos ir a buscar a un Jesús que multiplica los panes, a un Jesús que sólo cura pero que no exige y nos olvidamos por completo de nuestra fe, de su predicación, de su amor por nosotros, de su crucifixión, de comer su cuerpo y beber su sangre.
En estos tiempos en los que abundan las propuestas religiosas, o mejor dicho, las ofertas religiosas, también nosotros podemos equivocar el camino, como la gente del tiempo de Jesús.
Como cuando va uno al supermercado, en el caso de la religión, también se nos anuncian las mejores ofertas en algunos grupos y lamentablemente caemos en los engaños, en las trampas, cambiando al Dios de Jesús, al Dios de la EucaristÃa por cualquier otra cosa que buscamos para que nos resuelva nuestros problemas.
Tenemos que decidir, como Pedro, seguir fieles a Cristo Jesús. Porque intuimos que en Él está la verdadera salvación y la felicidad auténtica. Aunque tampoco nosotros entendamos siempre todo, ni dejemos de tener dificultades en nuestro camino de fe.
La fe no es un hecho momentáneo, sino un largo camino, como la amistad, o el amor, o la vocación. La fe es un misterio. Es don de Dios y respuesta nuestra. Esta respuesta se complica muchas veces por el ambiente que nos rodea, o por nuestra debilidad, pero el estilo de vida de Jesús es exigente y va muchas veces contra nuestro egoÃsmo, nuestra comodidad y las seducciones que nos rodean.
Por eso se trata de seguir creyendo en Jesús, no sólo porque siempre lo hemos hecho asÃ, o asà nos lo han enseñado, sino por convicción y decisión personal. Se trata de creer en Jesús en las buenas y en las malas, en los momentos bonitos y difÃciles de la vida.
Queremos ser fieles a la EucaristÃa porque de esta forma no perdemos la relación con nuestro Maestro y nos seguimos alimentando de su vida y de sus criterios para renovar nuestras raÃces cristianas y eclesiales. En la eucaristÃa, al comulgar el cuerpo de Cristo, se afianza mi sentido de pertenencia a la comunidad eclesial.
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