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El sábado de Gloria

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

El sábado, para la mayoría de la población, puede ser sinónimo de descanso o de diversión. Se espera este día para divertirse, para encontrarse con los amigos, para relajarse o incluso para reventarse.


Sin embargo, el sábado también tiene otro significado para muchos creyentes. Para Gloria, el sábado significa el día en que el amor de Cristo le apremia para visitar a los enfermos, para convivir con ellos y, sobre todo, para llevarles el alimento que tanto añoran durante la semana.

El sábado es un día para caminar por las calles y colonias de su parroquia. Hay que soportar los días típicos y atípicos en los que cae el sol a plomo y los días fríos y lluviosos que complican el caminar constante, por el lodo y los charcos que se forman. Pero estas inclemencias del tiempo no detienen su paso, porque le fortalece saber que dejará un buen sabor de boca en la vida de los enfermos, le fortalece saber que para muchos de nuestros hermanos enfermos la vida merece ser vivida precisamente por ese sábado en el que el Pan de los ángeles también será el pan de su vida, el pan de su semana.

Tampoco detienen a Gloria las dificultades para llegar a las casas de muchos hermanos enfermos que viven en la miseria; ni la apatía e indiferencia de algunos familiares que no reparan en la alegría y fortaleza que les deja a los enfermos recibir el Pan bajado del Cielo.

El sábado a Gloria le sabe a gloria porque ha descubierto que su presencia ante los enfermos, llevando en sus manos el Pan eucarístico, es fuente de dicha y felicidad, a pesar de los dolores y sufrimientos que tienen que enfrentar en sus vidas.

El testimonio de Gloria es la misma experiencia de muchos hermanos y hermanas que han sido nombrados como Ministros Extraordinarios de la Comunión y que, entre otros servicios, se encargan de apoyar a los sacerdotes visitando a los enfermos y llevándoles el Pan eucarístico. Dedican toda la mañana del sábado, o de algún otro día, siempre con el mismo anhelo de llevarles alegría, paz y esperanza.

Todos estos ministros realizan esta labor no solamente como un apostolado apremiante en la vida de la Iglesia, sino también como una manera muy particular de alcanzar su santificación personal. La situación de los enfermos también los ha evangelizado y les ha permitido valorar otros aspectos de su propia vida cristiana.

Ellos les llevan la hostia consagrada y regresan a sus casas con esa inmensa dicha y satisfacción de haberles llevado el alimento que más anhelan. Pero cada sábado también regresan con una nueva lección, con una nueva enseñanza, porque todos nuestros hermanos que sufren se aferran a la vida y a la fe, luchan como gigantes con los pocos recursos materiales que tienen, le sonríen a la vida como si no estuvieran pasando por esas pruebas y le han encontrado un sentido a la vida aferrándose a la Cruz de Cristo.

Por eso, en la Jornada Mundial del Enfermo hay que pedir por los hermanos que sufren a consecuencia de la enfermedad y también por los ministros que los asisten porque siguen haciendo presente a Jesús que los cura con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza.

 

 

 

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