Lila Ortega Trápaga
Conozco un niño que una vez reprobó y su mamá lo castigó de no salir a jugar. Queriendo salir, fue con su papá y le pidió permiso, quien le preguntó si tenía permiso de su mamá. El niño dijo que sí, entonces el papá lo dejó salir. Cuando la mamá lo vio por la ventana, le recordó el castigo, pero él dijo que su papá le había dado permiso, así que mamá y papá pelearon fuertemente.
Otra amiga me contó que una vez rompió la lámpara de casa de su abuela, no le contó a nadie y como su hermanito era muy juguetón, cuando sus papás vieron lo sucedido, lo regañaron y castigaron mientras el pequeño aseguraba que no era culpable. Su hermano se enojó pues dijo que era injusto, y ellos pensaron que además de descuidado era mentiroso.
Como estas dos historias, podemos contar más, ¿verdad? Ahí podemos impedir que el diablo se meta en nuestra casa diciendo la verdad aunque nos regañen, o se enojen por un momento. La verdad, como el pedir perdón, obedecer y no lastimar a los más pequeños, siempre harán que Dios viva en nuestra familia.
Dijo un hombre que amaba muchísimo a los niños: Juan Pablo II, que Dios, en una muestra más del amor que nos tiene, nos ha dado a cada uno un ángel custodio (o ángel de la guarda). Los ángeles de la guarda son creación de Dios al igual que nosotros, pero ellos gozan desde el inicio de su creación de la vida eterna, conocen y hablan con Dios. Él les pide que nos ayuden a vencer las tentaciones, y nos protejan del pecado. El papa Juan Pablo II siempre recomendaba a los fieles encomendarse a ellos para que Dios los escuche por nosotros.
Éste ángel no es amuleto para el amor, suerte o dinero, ni nos aleja las “malas vibras”, ni nos protege de la envidia. Tampoco sabe nadie como se llaman, eso lo inventó gente para sacar dinero a los ignorantes. Tampoco son seres poderosos que por sí solos hacen milagros, ellos, al igual que los santos, interceden ante Dios por ti.
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