Arquidiócesis de Xalapa

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SIN RECONCILIACIÓN NO HAY PAZ, NI SALUD, NI ALEGRÍA

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Por Pbro. Marcos Mendoza Méndez

Jesús dijo a Pedro: te daré las llaves del Reino de los cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo (Mt 16, 19). Jesús nuestro Señor nos dejó en su Iglesia los sacramentos, entre ellos, el de la Reconciliación, también conocido como Penitencia y más entendido como Confesión.

Existe una tendencia actual de que pocos se acercan al sacramento de la reconciliación; y no por la pandemia que estamos viviendo en donde se pueda justificar que los sacerdotes no pueden hacerlo, sino por algo más grave, poco a poco se ha ido perdiendo la conciencia de pecado. Poco a poco hemos ido sacando a Dios de nuestro corazón. Nos hemos ido convirtiendo en jueces de nosotros mismos y los actos buenos o malos que cometemos, ya no los vemos desde la objetividad y menos de la intersubjetividad. Nos sentimos tan maduros y tan autosuficientes, que conscientes o inconscientemente, nos hemos ido auto-perdonando. Pero… ¿Se puede esto?

Si el peluquero difícilmente se corta el cabello así mismo, el dentista no se arregla sus propios dientes, muy laboriosamente somos maestros de nosotros mismos, con mayor razón no podemos darnos algo que simplemente no se puede. En cuestión de nuestros pecados, el único que nos puede justificar o perdonar es Dios.

Si comprendiéramos la importancia de pedir perdón, haríamos nuestro mejor esfuerzo y hasta lo imposible por buscar este sacramento que Jesús nos ha dado gratuitamente en su Iglesia. Ahora que estamos viviendo esta pandemia del covid-19, y al darnos cuenta de los estragos que está causando en todo el mundo, quisiéramos encontrar la cura para limpiarnos de este mal que nos confunde y aterroriza. Si hacemos un comparativo con el pecado personal, social y mundial de los que muchas veces somos responsables, es exactamente lo mismo; son los mismos estragos no tanto en el orden material, sino espiritual. El odio, los deseos de venganza, la maldad, la corrupción, los actos salvajes en los que caemos, etc.

Sí necesitamos curarnos, sí necesitamos pedir perdón. Los elementos para hacer una buena confesión los recordamos: 1) Examen de Conciencia, es decir, se trata de recordar los pecados cometidos desde la última confesión. 2) La Contrición, es decir, yo reconozco y me arrepiento de mi pecado, me duele el haberlo cometido y lo rechazo. 3) Propósito de Enmienda, es decir, el verdadero propósito de evitarlo y componer o enmendar lo que se ha destruido. 4) La Confesión, es decir, tengo que decir mis pecados al sacerdote, aunque me de vergüenza, porque él, es el juez que puede discernir la gravedad del pecado y el médico que puede emprender con uno esa sanación. 5) Cumplir la Penitencia, es decir, hacer las obras que me pide el confesor. Todo ello es para vivir el desagravio, es para reparar la pena con un poco de sufrimiento.

Otro elemento que nos ayuda a hacer una buena confesión es confrontarnos con los mandamientos de Dios y de su iglesia, en la falta a cada uno de ellos surgirá la lista de los pecados que hemos de confesar. Debemos convencernos de que sin reconciliación no hay paz interior, ni salud espiritual ni alegría.